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Cincuenta años de Revista Hortensia (I)

Este mes Mariano Cognigni se vuelve historiador, trucho, pero historiador al fin. Haciendo gala de su apellido rememora el medio siglo de aparición del primer número de la Revista Hortensia, un fenómeno editorial que llevó el humor cordobés a todo el país.

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En agosto del 71 una publicación rara aparecía en los kioscos de revistas. De un color verde estridente, en la portada lucía el dibujo de una mujer fiera como pocas hubo en el mundo del comic. Ella, sin embargo, decía “Yo soy la mina que ponen en las tapas pa vender revistas” Este chiste -que hoy nos resulta de una sencillez casi ingenua- fue para la época una trasgresión para la pacata sociedad cordobesa. Creada por Alberto Cognigni, Revista Hortensia fue un intento gráfico al que nadie –ni siquiera su propio director– le tenía mucha fe. En la primera nota editorial mi viejo abría el paraguas advirtiendo que “ninguna revista sobrevivió demasiado tiempo en Córdoba” Y esto era totalmente cierto. Con los medios de comunicación concentrados en Buenos Aires, todos los ojos estaban puestos en la capital federal, nada que no estuviera aprobada por ella llegaba a tener un éxito real. Sin embargo los primeros ejemplares de Hortensia se agotaron en pocos días. Esto podría haber quedado aquí y haber sido una buena anécdota para contar a los nietos, una locura que duró un par de números hasta que la novedad se dispersó en el tiempo. Pero no fue así, la bola de nieve no paró de crecer, al tercer número ya solicitaban la revista desde otras ciudades, y otras provincias. Pocas semanas más tarde también  desde Buenos Aires. De repente, hablaban de Revista Hortensia en todos los medios porteños. Eso fue el acabose. Los cordobeses que siempre se habían horrorizado de nuestra tonada y modismos ahora veían que todo el país se reía con ellos. Sin embargo,a la mayoría de nuestros coterráneos este fenómeno cultural los llenaba de orgullo. A medida que la revista aumentaba en tiraje, a los conservadores puristas les aumentaba la presión interior, o acaso, la depresión interior. Los únicos enemigos que cosechó Hortensia fueron estos exacerbados que se autoproclamaban defensores del buen hablar. Esto resultaba de lo más curioso: el yeísmo y los modismos porteños no avergonzaban ni irritaban a nadie; sin embargo el cordobés debía ser exorcizado cual pandemónium de ultratumba que viene a corromper la prístina lengua del pueblo. Se ve que para las coordenadas de nuestra provincia estaba prohibida la diversidad lingüística, no así para otros sitios del planeta. Las nuestras eran coordenadas condenadas. Hay que ver cuánto se regodean los eruditos viendo películas o leyendo libros donde se ponen de manifiesto las variaciones en el habla según las diferentes zonas de Inglaterra, de los Estados Unidos, Italia o España. Eso es cultura, eso es mundo. Lo nuestro no, lo nuestro es groncho, lo nuestro es mersa. Si un extranjero se expresa apartándose del estándar de su país, es una delicatesen regional de su cultura. Si lo hacía un cordobés era una barbarie. Y ahora aparecía una revista a jactarse de ello. Lo insólito de todo esto era que Revista Hortensia no había inventado la tonada ni las cordobeseadas, simplemente las había impreso. Y eso era lo que más les molestaba, que quedara registro de ello, parecían decir “si hay barbarie que no se note, que no quede asentado sobre papel las locuciones de esas personas de clase baja y piel oscura, que no quede negro sobre blanco, liiteralmente hablando” Muchas maestras y profesoras de literatura acusaban públicamente a la revista de “Deformar el lenguaje español” cuando en realidad sólo estaba dejando escrito el modo de hablar de una buena parte de sus vecinos, algunos de los cuales, incluso, eran alumnos de sus cursos. Por supuesto que las acusaciones eran a viva voz cuando por, oh casualidad, yo pasaba cerca. En un intento por calmar las aguas, la revista ideó un acercamiento y envió a grupos de humoristas a escuelas y colegios para que tuvieran una charla amigable con docentes y alumnos. Se concretaron algunas visitas, pero el resultado fue desastroso: al finalizar la presentación los chicos quedaban fascinados con los artistas y reticentes con sus profesores, nada anhelaban más en la vida que ser dibujantes, escritores o actores. Algunos incluso pensaron en dejar los estudios para dedicarse de lleno a ello. Comprendían los alumnos que es una gran vocación hacer reír a tus semejantes y para ello hace falta mucho estudio y trabajo. Basta de perder el tiempo con materias inútiles.

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Hasta donde yo sé, nunca antes de Hortensia el cordobés había sido escrito en diarios ni revistas. Con 10 años recuerdo a mis padres rompiéndose la cabeza para hacer las transcripciones de los modismos. Mi mamá era maestra y sabía mucho de ortografía, pero igualmente se le quemaban los libros; cómo se escribe “queloqué” “qué é lo que hací” “ande vai” “ia vai a vé” “ia ti vua da io” ¿cuándo hay que apostrofar? ¿qué se hace con los acentos de las palabras que se unen? ¿Y con las H?. Finalmente mis viejos establecieron ciertas reglas y con ellas se corregía a todos los autores que enviaban sus colaboraciones en el idioma imperial de las márgenes del Suquía. Algunos de los colaboradores ni siquiera conocían nuestra provincia. Es que la moda del humor cordobés había explotado y era la vedette del éxito. Dentro de la revista lo que estaba en cordobés era la yema del huevo frito. Hasta los chistes más flojos quedaban geniales cuando se traducían al latín mediterráneo. De hecho, lo primero que leían cuando compraban la revista era Negrazón & Chaveta. En el imaginario popular de otras provincias nació la idea de que mi viejo simplemente transcribía lo que sucedía en nuestra ciudad, que Córdoba era tal como se veía en las viñetas de la revista. Incluso aún hoy persiste el mito de que Alberto iba a la cancha y llevaba una libretita para anotar lo que escuchaba. Muchos llegaron a creer que hacer Hortensia era una avivada, como embolsar hielo en la Antártida y venderlo en el resto del país. Nada más lejos de la realidad. Detrás de cada página no sólo estaba un director y un creativo, también había un hombre que sabía seleccionar y corregir el material que recibía. Había un equipo de artistas del humor que mes a mes daban lo mejor de sí para llevar adelante la que fuera -y aún conserva su record- la publicación más exitosa del interior del país.

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Para los primeros números mi viejo tuvo que salir a campear gente que escribiera y dibujara humor en Córdoba. Como había muy pocos que se dedicaran al oficio digamos que más bien salió a convencerlos a que se animaran aunque nunca lo hubieran hecho. Pero con el correr de los ejemplares más y más gente se fue sumando al staff. Colaboraciones de todo el país fueron llegando al edificio central de la revista: mi casa. Las cartas se amontonaban en el escritorio de mi viejo que también era la mesa de la cocina-comedor. Es que la casa era muy pequeña. En 1969 mi viejo junto al periodista Juan Parrotti habían ganado el premio internacional de periodismo SIP Merhentaler por una serie de notas e ilustraciones sobre los niños de la calle publicadas en La Voz del Interior. Responsables, como sólo mis padres podían serlo, en lugar de hacer la ampliación, con ese dinero construyeron una pileta enorme. La casa parecía la piecita del filtro. Cuando fue obvio que la revista iba a subsistir más allá de un par de números, hizo falta un lugar físico donde asentar la redacción. Así fue que la flamante empresa se instaló en las oficinas que le prestara la imprenta Graziani, en Barrio Alberdi. Ahí daría comienzo todo un movimiento cultural en torno a Hortensia que incluiría obras de teatro, festivales, peñas, exposiciones, viajes y toda una bohemia cordobesa que florecía en aquellos años. Pero eso es una historia para el mes que viene. Dejo acá mejor, que el director de esta revista me va a matar por excederme en el largo. Y es bien sabido que estos tipos son medio locos.

Por Mariano Cognigni