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Cincuenta años de Revista Hortensia (III)

En esta tercera parte, Cognigni hijo sigue describiendo sus recuerdos y reflexiones sobre el cincuentenario de la conocida publicación cordobesa. Si sigue así vamos a tener que publicar su columna en fascículos coleccionables.

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Ya en su adolescencia bellvillense mi viejo llamaba la atención con su talla de basketbolista. A esa edad todos queremos ser iguales al resto de integrantes de nuestra tribu, pero él hubiera dado cualquier cosa por pasar desapercibido. Ninguno de sus hijos tenemos su altura, pero heredamos un apellido que en Córdoba llamaba la atención más que medir dos metros y usar un peinado punk. Tenía 15 años cuando llevé a reparar mis zapatos con tacos y plataforma, símbolo de pertenencia de mi tribu de aquel entonces. El zapatero escuchó el apellido, se quedó pensativo y repitió un ritual que con mis hermanos vivimos durante décadas.

-Cognigni ¿como el de la revista Hortensia?
-Si
-¿Y qué sos de él?
-Hijo
Se hizo un silencio, el buen hombre abrió los ojos y escudriñó mi rostro buscando encontrar a mi viejo entre mis facciones. Y empezó un largo cuestionario sobre su biografía. Cuando parecía que el interrogatorio llegaba al final, el señor embetunado llamó al resto de los integrantes de su familia; ellos aparecieron por una puerta y me repitieron a coro el cuestionario y los elogios hortensianos. La segunda vez que necesité llevar a arreglar mi calzado fui a otro lugar, dije un apellido falso y me sentí un genio. Es que yo tengo cara de estúpido pero no soy ningún vivo. Cuando fui a retirar los zapatos resultó ser que no me acordaba qué apellido había dicho. Imaginé entonces al tipo en una convención mundial de zapateros contando la historia de un cliente al que no le podía entregar el trabajo porque no recordaba cómo se llamaba. Decidí no pasar por semejante bochorno, di media vuelta y volví a mi casa. Eran unas botitas de La Academia Arguello, si alguno de ustedes calza 42 y quiere probar suerte, son todas suyas.
Entre las cosas subsidiarias a la revista vinieron los “viajes de Hortensia”. Mientras que mis amigos salían a pasear en auto con sus padres, tíos y abuelos, mis hermanos y yo salíamos en un colectivo doble camello repleto de unos personajes extraños que se reían sin parar y gritaban barbaridades por las ventanillas. Más que un tour cultural, parecía el viaje de egresados del loquero. Bariloche, Mar del Plata, Misiones, etc. La revista no necesitaba ya más difusión a nivel nacional, era sólo un pretexto, la única finalidad de estos charters era hinchar las pelotas. Invitaban a mi viejo para entregarle una placa y él les caía con 49 colados exacerbados que comían y chupaban como náufragos. El funcionario responsable de tamaña genialidad cultural, por lo general era promovido al cargo de ordenanza de archivo.

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Otro de los fenómenos que se desprendió de la revista fue la “Bienal Internacional del Humor y la Historieta”. Se realizaba en el museo Genaro Pérez e implicó la presencia de algunos de los más renombrados dibujantes del país y del mundo. Los salones estaban colmados de personas con sus libretas pidiéndo autógrafos de los famosos artistas. El pelado Alonso se hizo pasar por Quino, total nadie lo conocía, enseguida tuvo una horda de gente pidiéndole una firma. El problema fue cuando también le pidieron que hiciera un dibujito de Mafalda. Se fue entonces al baño y no apareció más. Menos mal, porque un rato después llegó el verdadero Quino.
Varios contadores de cuentos surgieron con Hortensia, otros aprovecharon los nuevos vientos que corrían y llegaron a escenarios antes impensados para el humor cordobés, algunos incluso fueron columnistas de los programas de mayor audiencia de Buenos Aires, por aquellos años eso era realmente triunfar, el pupo del país era la capital federal, en cambio ahora es el pupo y toda la barriga.
Con Hortensia surgió también un nuevo género de teatro, el del humor cordobés que no oculta su origen, que más bien se jacta de ello. Muchas de estas comedias con tonada fueron un éxito de taquilla en temporada de verano. Un crítico una vez opinó al respecto “Las obras de teatro cordobesas son como Carlos Paz, sólo le gustan a los porteños”
A partir de 1980 surge cierta competencia con la revista Humor Registrado, Hortensia comienza a tener más contenido de humor político. En 1982, y con alusión a la guerra de las Malvinas, la tapa de la revista fue una caricatura de La República con una mano inglesa en su trasero. A los milicos el chiste les pareció “indecoroso” y levantaron la edición. Pero eso no era todo: dos meses después, y luego de padecer un largo cáncer, moría mi vieja, Sara Catán. Martín Illia y su esposa Mirta, entre otras personas, cuidaron de ella hasta su último día.
Cuando Arturo Illía estaba ya muy viejito, vivía en lo de su hijo, al frente de mi casa. Cada tanto el ex presidente se cruzaba a charlar con mi viejo, entonces yo tenía la misión de recibirlo mientras papá -a las corridas- se ponía presentable.
-¿Y qué vas a estudiar cuando te recibas? -me preguntó un día
Oceanografía -le respondí
Muy bien, el mar es muy importante ¿y cómo te va en el colegio?
Ejmemm, a decir verdad, bastante mal, don Arturo…
Entonces me miró a los ojos y con dedo acusador me dijo
-No se puede saltar la valla más alta sin haber antes saltado la más baja
Loco sos un desastre -decían mis amigos- hasta un presidente de la nación te reta.

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La muerte de mamá y la falta de chequeo médico eran una combinación fatal para un tipo dibético, con obesidad y antecedentes cardíacos. Papá decía que se estaba cuidando, pero él bien sabía que tenía los días contados. El último “Negrazón y Chaveta” que escribe es casi una despedida. Allí pone fin al nudo de la trama: Chaveta consigue por fin conquistar y besar a Pirula. Pero los fenómenos no terminan ahí: Papá rompe el papel de narrador omnisciente y se comunica con los lectores en primera persona, les confiesa que no sabe cómo continuar la historia ahora que los dos personajes principales han consumado el amor carnal. Y hay más todavía: de repente en el texto aparece él mismo sentado en la mesa del bar Rinconcito´s. El mozo lo vé, se acerca y le pregunta:
-¿Le sirvo algo Cognigni?

El 16 de junio del 83 mi viejo se muere de un infarto mientras yo lo llevaba al hospital. Caos familiar, caos editorial. Mi hermana María Emma y un grupo de autores se hacen cargo de la revista y la editan durante milagrosos 6 años. Pero la crisis económica y la hiperinflación terminaron definitivamente con la publicación.
En el 84 -creo- la municipalidad inaugura un busto suyo sobre la calle Santa Rosa en la esquina con Aguaducho. Según dicen algunos historiadores, sería el primer caso en el mundo de una estatua a un humorista. El dato nunca fue confirmado, pero tampoco fue negado.
Todas las notas editoriales de la revista eran firmadas por papá como “El irresponsable” todas, menos la última que la firma con nuestro apellido. La nota termina con el siguiente párrafo:

Nos hizo felices el parto de nuestros hijos, y desde un pedacito de lógica espiamos esperanzados alguna chance de que al final de este camino nos reencontremos con otros seres que hemos amado.

por Mariano Cognigni