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Corazón gigante

ENTREVISTA//ALEJANDRO PATEL

Tiene apenas 26 años, pero ostenta el aplomo de un profesor de experiencia. Pasó las peores, pero transmite una paz y una alegría pocas veces vista. Estudia Ingeniería, pero apunta a ser ministro de Educación.
Hugo Andrés Alejandro Pattel, el chaqueño que hizo de Córdoba su hogar y de su vida, un ejemplo de superación.

Patel es Hugo Andrés Alejandro. Nombre bien largo para una vida que, corta en años, ha tenido la intensidad de aquellas que se viven en una trinchera a la espera del combate. Sí, en una trinchera, pero no sólo esperando que pase el fuego. En la trinchera estudió, se formó, se rehízo y, en medio de las balas, encontró felicidad. Hoy es estudiante de Ingeniería Industrial en la UTN y docente /maestro de Enseñanzas Prácticas, especializado en Electrónica, en el IPET N° 250 Bialet Massé, escuela secundaria técnica al Sur de la ciudad.

Con 26 años, nadie le discutiría su presente de oro: amado por sus alumnos, fue orador de charlas TEDX, ganó becas por tener el mejor promedio de la provincia y la Cámara Argentina de Comercio lo premió como uno de los 10 jóvenes sobresalientes del país. En su trabajo cotidiano no se limita a enseñar. Quienes lo hemos visto en acción hemos comprobado que, además de poner en práctica sus virtudes como profesor y hombre de ciencia, quizás sin saberlo, también es guía y ejemplo. Para los chicos de 15 nada más inspirador que el profe Alejandro: sabe, tiene paciencia y encima es piolazo. No es común que alguien de 15 vea así a su profe.

Alejandro se reconoce cordobés por adopción, pero es oriundo del Chaco. Nació en Presidencia Roque Sáenz Peña, “que al igual que a Córdoba quiero con toda mi alma porque en cada lugar estoy rodeado del afecto de los amigos y seres queridos”. Así habla siempre, agradecido. Pese a que su vida tuvo, al inicio, más de una desgracia.

CORAZÓN SINCERO

“Hace varios años atrás, tuve una mamá de corazón, valiente que se animó a adoptarme siendo soltera y fue la persona más maravillosa que me regaló la vida, y que, a pesar de ser una persona pobre, de bajos recursos, no hizo otra cosa que trabajar todos los días para que yo tuviese una buena educación y un futuro mejor; y a la vez en mi camino conocí muchas personas que nunca dejaron de tener fe en mí y que me acompañaron siempre. Es por eso que cuando veo a mis alumnos, es como verme a mí mismo hace un par de años atrás, donde hubo personas que tuvieron fe en mí y nunca me dejaron solo, y hoy me toca estar de éste otro lado que es el de acompañar y entusiasmar a otros jóvenes a luchar por sus sueños, no bajar los brazos y crecer todos los días como personas, ayudando a los demás con un corazón humilde y sincero”.

Su madre biológica lo dio en adopción apenas nació. Isidora Patel, a quien él considera su madre con todas las letras, le dio un hogar y todo el amor que el mundo podía conocer. Pero el tiempo en que estuvieron unidos no fue suficiente. “Mi madre Isidora –cuenta-, falleció cuando yo apenas tenía 13 años y habíamos perdido nuestra casa en Chaco y vinimos a buscar nuevas oportunidades a Córdoba”. Habíamos perdido significa: habían quedado en la calle después de que una topadora destruyó el hogar en donde vivían gracias al trabajo como modista y empleada doméstica de Isidora. Venir a Córdoba no fue un viaje de placer: fue el exilio al que están obligados los olvidados de este país.

Alejandro tenía 13 y su mamá acababa de morir. La lección de aquella gran mujer fue simple: estudiá así no tenés que limpiar pisos como yo. Alejandro, pese a la ciudad nueva, inabarcable y amenazadora que se le abría, y sabiendo que Isidora no iba a estar para acompañarlo, aprendió también aquella lección. “Lamentablemente fallece a los dos meses de estar viviendo en Córdoba y es aquí donde quedé solo. Mi madre Isidora era mi mamá adoptiva, mi mamá de corazón y era lo más valioso que tenía en mi vida. Recuerdo que cuando quedé huérfano a mi temprana edad sentía que el mundo se me venía abajo y no sabía qué hacer, sin embargo, es allí donde comienza mi historia en el Dr. Juan Bialet Massé”.

Comienza, dice Alejandro, su nueva historia y cuando habla de su colegio habla de la gran red que lo sostuvo y lo sostiene. “Fue mi casa, mi familia, mi hogar en toda mi adolescencia, ya que esta escuela donde trabajo todos los días con mucha pasión fue la que me cuidó y me abrazó en un momento muy difícil para mí, estaba sólo y no tenía a nadie a mi alrededor”. Hoy Alejandro lo puede contar con una sonrisa. Pero reconoce que extrañaba su Chaco, su familia, los amigos y, sobre todo, “a mi mamá. Por eso recuerdo a esos profes que se acercaron con cariño en un momento de mucha angustia y dolor para mí, y a partir de ese momento nunca me dejaron sólo. Todos esos profes y preceptores que me acompañaron en mi camino eran como mi mamá, sólo que dividida en muchos pedacitos y cada uno de ellos llenaba ese vacío en mi corazón. Siempre estaban pendientes de mí, si necesitaba algo, hablar, llorar, un abrazo. Me acompañaban en cada locura, y eso me alentó a que siguiera adelante y me permitiera destacarme humildemente como un buen estudiante”.

Aclara, humildemente, el mejor promedio de la provincia. Que no sólo estudiaba: daba clases a otros alumnos aun siendo alumno y fundó un coro, “algo atípico en una escuela técnica. Y hacía mover media escuela con mis compañeros haciendo rifas o ayudando de alguna manera para la institución, porque sentía que quería retribuir un poco tanto cariño que recibía de los profes, que además todos los años me regalaban un dinero para que pudiera visitar a mis amigos y familia del Chaco”.

En el medio hubo sinsabores que curtieron el cuero. Parte de su propia familia le hizo lugar en su hogar pero dejaron en evidencia, un día tras otro, que no era bien recibido. Alejandro tuvo la grandeza de comprender que ahí no podía seguir. En el último año del cole, un preceptor lo incluyó a su propia familia y le dieron albergue, comida y cariño. “Sus hijos me trataban como un hermano más y estuve viviendo con ellos todo ese último año de estudiante”. Mientras se adaptaba a cada nueva situación y le daba clases a los estudiantes que se iniciaban, trabajó en una carnicería y después en una farmacia, donde cobraba los $7 que su primo, con quien convivía en aquella fatídica experiencia, tomaba prestado sin preguntar. Más tarde fue árbitro de fútbol infantil y hasta se calzó el traje de guardia en una tienda de ropa para mujeres. Sí, la vida de Alejandro es para novela de Mark Twian. Más cuando quien la cuenta lo hace, pese a todo, con una sonrisa. De los malos tiempos pasados también se puede aprender.

MEDALLAS DE ORO

Especializado en Electrónica, Alejandro no ha parado de cosechar logros en su vida. A su condición de Joven Sobresaliente de Argentina, fue elegido Mejor Docente Destacado por el Ministerio de Educación de la Provincia, fue abanderado en la primaria y en la secundaria y mejor promedio de los CBU de la provincia. Lo fue también en sucesivos años en su colegio, donde cada año obtuvo también el diploma al mejor compañero. En 2009 y 2010 también se llevó el de Asistencia Perfecta.

En 2014, 2015 y 2016, él y su grupo de estudios, integrado por jovencitos que lo respetan y lo quieren, lograron el Premio a Proyectos educativos, innovadores y con fines sociales que organiza el Ministerio de Educación de la Provincia. En 2015 y 2016 también se quedaron con las Olimpiadas Nacionales de Informática, Electrónica y Telecomunicación de la Universidad Blas Pascal. Y más: el premio mayor de la Expotrónica (8º edición de la Industria electrónica e informática del Centro de la república) y del INET -Instituto Nacional de Educación y Tecnología- también fue para ellos.

La escuela pública que lo cobijó también lo hizo un profesional de fuste. En 2007 obtuvo el Premio Estudiantil Cordobés por sus promedios. Por esa misma razón recibió la beca FONBEC tanto en la secundaria como en la Universidad. Fue reconocido por diversas instituciones y ha narrado su historia a cuantos han querido escuchar, ya sea en instituciones de jerarquía u orfanatos: una historia de aprendizaje como la de Alejandro enseña, y mucho.

Hoy concentra sus energías en hacer lo que más le gusta: dar clases. “Es lo que más me gusta, enseñar en la escuela que tanto amo; y dar mi corazón y pasión por transmitir a los jóvenes estudiantes ese espíritu de dar lo mejor de uno todos los días”. En su trabajo cotidiano, sus alumnos acceden al universo de la ciencia de otro modo: más simple, más práctico, más cercano. Da gusto verlos experimentar, inventar, aprender el funcionamiento de todo lo que nos rodea, participar en feria de ciencias y, como si fuera poco, ganar casi todo. No en vano tienen semejante profe.

Alejandro no duda. Trabajo, dice, en una de las mejores profesiones: la educación. “Y lo hago con mucha pasión, siento que tengo una inmensa responsabilidad en esta tarea de educar y transmitir a los jóvenes. Siempre en mi camino aprendí los valores y enseñanzas de muchas personas, empezando por mi mamá, y en todas estas enseñanzas siempre se aprende. Yo escucho mucho a mis alumnos, más aún en una edad tan susceptible como es la adolescencia, y creo que lo necesitan. Uno debe transmitirle confianza por el potencial que cada uno lleva dentro, que deben dejarlo salir. Trabajando en equipo aprendemos a ser más solidarios, a respetar al otro, acompañar al que lo necesite para que nunca se esté solo”.

No hay palabra de Alejandro que no esté trazado por un sueño colectivo y solidario. Su búsqueda es dejar huella, “trascender en la vida de las personas y ayudar a construir todos los días un mundo mejor”. Sabe que al final del camino habrá una “sociedad más equitativa e igualitaria para todos”. Tiene la disyuntiva de profundizar su carrera de Ingeniería o desarrollarse por completo como profesor. Pero no olvida su deseo: algún día, este país lo tendrá como ministro de Educación. El sueño de su corazón gigante está en marcha.