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Cumbre de toda la belleza

VIAJES//SAN JAVIER, CÓRDOBA

¿Es posible comprender la finitud de la vida si el amanecer de cada día se enmarca en esos cerros que rozan lo inverosímil? ¿Y qué pasa si cada crepúsculo se deshace lentamente en un paraíso terrenal? San Javier, en Traslasierras, cumbre de toda belleza.

Los 220 kilómetros que lo separan de nuestra ciudad lo hacen uno de los destinos turísticos de la provincia más alejados del centro neurálgico de Córdoba. Accediendo a ríos, montañas y lagos a 50 o 100 kilómetros desde nuestra urbanidad, ¿por qué hacer el doble de distancia? Es la respuesta que debieran dar aquellos que lo eligen. Aunque esos que optan por los 220 kilómetos y nos los 50, prefieren mantener en secreto las bondades de San Javier y su sincretismo único en el mundo: legado de pueblos originarios, gauchos sin límites hacia la libertad y estirpe inglesa parida desde las vías del tren que se reproduce en las viejas casones centenarias. Sólo San Javier consigue algo así.

NO DISCUTAMOS

¿Vale poner en disputa los valles de Córdoba? ¿Votar por el mejor? ¿Darle X cantidad de puntos a Punilla, otros tantos a Calamuchita, un poco más o un poco menos a Traslasierras y a Paravachasca? No vale. Puede, sí, que cada cual tenga su favorito. Punilla por su ciudad madre y su noche, Calamuchita por su verde y su agua, Paravachasca por su historia y su calma. ¿Y Traslasierras? ¿Qué dos palabras definen al valle más lejano de la ciudad capital? Aire frío y piedra gris cantó Yupanqui para describir el ingreso vía la Pampa de Achala y rumbo a Villa Dolores. Pero no es suficiente, pese a la suficiencia del poeta mayor. Traslasierras es la cumbre de la provincia, el techo de nuestra inmensidad, el lugar en donde el cielo celeste, como en ninguna otra parte, se corta como un rayo frente a la inmensidad del Champaquí.

Champaquí que todo preside. Desde la llegada a Mina Clavero y Cura Brochero y durante todo el corredor por donde se abren paso cada uno de los pueblos que tienen tonada propia, el Champaquí manda. Y casi al final de ese laberinto enmacarcado entre las Sierras Grandes, el dique La Viña y los colores que filtra el sol, aparece él, la cumbre de toda belleza. San Javier -y su pareja indivisible, Yacanto-, logra la síntesis inimaginable que combina al hombre de a caballo (o a sulki) y su vida sin tiempo con la arquitectura inglesa, señorial y distinguida y una plaza de pueblo en donde sentarse a mirar pasar la vida sin apremios.

A 70 kilómetros de Mina Clavero, San Javier tomó la distancia necesaria del ruido veraniego de la ciudad hit y popular del valle. Cada cual a su turno y como extremos geográficos del corredor, mientras una tiene los jóvenes, los ríos, la noche y el fervor, la otra prefiere el silencio, la sombra, la siesta y el frescor. En equilibrada calma, San Javier montó una oferta turística que cumple con todos los requisitos del más exigente de los viajeros. Complejos de cabañas en clave familiar, hoteles boutique, bodegas y hasta campo de golf de 18 hoyos. No hay nada que le falte. Pero, saben, cierta solemnidad precisa que tampoco nada sobre. Lo justo, lo necesario y en dosis de cierta sofisticación.


EL MEJOR DE LOS EJERCICIOS

Si el objetivo, además del descanso, es conocer de primera mano el delirio que la naturaleza ha sido capaz de construir en San Javier, nada mejor que caminar y caminar. No hay límites para hacerlo, pero sí un sendero marcado que asegura la sombra del monte transerrano y el agua purísima de las cumbres cordobesas. La Quebrada de Ambrosio es uno de los recorridos al que se llega caminando desde la plaza central, con el Champaquí de frente y que se puede realizar en familia. Surcando senderos abiertos en el monte y la montaña y con el arroyo San Javier de compañero permanente, el trayecto, que puede durar poco más de 3 kilómetros que se caminan en una hora, es la forma más convincente de conocer el San Javier indómito.


Distinción del universo transerrano, San Javier es la joya que calza botas de potro y cuchillo de alpaca, sombrero de ala ancha y mirada de superación. Es el Champaquí y el monte, los arroyos y sus vueltas secretas, los alimentos de la tierra y su producción artesanal, la plaza y su feria con música ligera y suave, las pulperías y el vino tinto siempre en la mesa, los gauchos que salen de la tierra y el hombre urbano que baja de su 4 x 4. La huella de San Javier es su donaire, el garbo que destila su brisa elegante con tonada esdrulujizada.


VINOS CORDOBESES

Del mismo modo que los Andes dieron a Mendoza la protección a sus vides, el dios Champaquí hace lo propio en San Javier, donde la producción vitivinicola ya no es sólo una apuesta a futuro, sino una certeza del presente. El enoturismo es una realidad. Tres bodegas de la zona (Araoz de Lamadrid, La Matilde y El Noble) ya son parte del cada vez más grande mercado del vino cordobés. Y en San Javier se puede comprobar el valor de la tierra y el sabor malbec que se guarda en sus sótanos.


Su vieja iglesia, confesora de secretos irrepetibles, y las pulperías en las que se calzan espuelas contrastan con el universo artístico que ha encontrado en la comarca el paraíso de la creación. Ateliers, talleres y pequeños comercios de arte y artesanías son parte del paisaje transerrano. La creación artísitica de sus artesanos y artistas marida a la perfección con la otra creación, que tiene vínculo directo con el placer del comer. Lo regional de los quesos de cabra y los chacinados se combina con las técnicas de lo orgánico y saludable. San Javier también es eso. Es la cumbre de toda belleza. El lugar desde donde lanzarse sin paracaídas al universo inexplicable de Traslasierras.