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EL FLACO PIRRI Y EL AVIÓN INVISIBLE DE DIANA PRINCE

En una de mis visitas a Río Cuarto, hace un pilón de años y mientras cargaba nafta, me llamó la atención un tipo bastante fierito con campera de cuero negra, que venía caminando portando un manubrio, un bidón atado a la espalda y de casco; paró en el surtidor contiguo al que yo estaba, le dijo al playero:

-Lleno, por favor.

Pagó y se fue haciendo el ruido de una moto con la boca. Mierda, qué locurón, pensé y lo seguí por curiosidad. El “motoquero” se manejaba respetando todas las reglas de tránsito, semáforos, sacaba la mano cuando doblaba, el paso de peatones, etc. Estacionó en la puerta de un supermercado, bajó, le puso cadena al casco, al manubrio y al bidón, entró y salió con una bolsa de mercadería; siguió. Se detuvo en un kiosco, compró puchos, después llegó hasta una casa, toco timbre, atendió una chica, se puso detrás de él, lo tomó de la cintura y salieron haciendo willy en aquella moto imaginaria. Algunas cuadras más adelante ingresó en un baldío bien cuidado, sacó del bolsillo un control remoto e hizo como si abriera un portón automático, estacionó la “moto”, pasaron del garage al living (supongo), de allí ella pasó a darse una ducha y él salió de la “no casa” a lo que sería el jardín, y comenzó a regar el pastito y las plantas (supongo que estaban también), hasta que la señorita terminó y se tiraron en el suelo como si estuvieran sobre un colchón de agua, y empezaron a darse matraca como locos y a los habituales gritos de: AY DIOS!!! YES, YES, YES!!!.

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Lo que realmente me llamó la atención, es que nadie de los que pasaba por la vereda les daba bola; inclusive, en ese momento pasó un cartero que deslizó una carta en lo que sería por debajo de la “no puerta”… Y nada de nada.

Con el correr de los días, fui siguiendo su itinerario y a menudo repetía la misma rutina, sólo que cada vez, pasaba a buscar una piba diferente, con la que tenía relaciones salvajes a la vista de todo el mundo sin que nadie los viera, y al terminar, comían algo, brindaban, subían a la “no moto” y las llevaba de vuelta a sus domicilios.

Caramba, caramba. Me quemaba la cabeza ver todo eso y que absolutamente a nadie excepto a mí, les llamara la atención. Por lo que opté pasar por un desarmadero, comprarme un manubrio y un casco, después por Colombraro para comprar el bidón, y por último por una ferretería por la cadena y el candado.

Subí a mi moto imaginaria que al principio le costó un poco arrancar (parece que tenía la bujía empastada), fijé un domicilio en otro baldío de la zona y salí a buscar chicas. Paré con el casco colgando del brazo y me apoyé sobre mi “no moto” a pura facha, frente a un bar de onda que estaba lleno de universitarias (Río Cuarto tiene un potencial femenino muy interesante), ni pelota, ninguna, ni vuelta se dieron. Fui bajando el nivel de los lugares de encuentro, hasta que llegué al barrio Alberdi (algo muy parecido a las Ponce de Córdoba, pero no eran parientes entre ellas); terminé levantando una señora de setenta largos (muy) y salimos a dar la vuelta del perro alrededor de la plaza principal antes de llegar a mi “no casa” para darle duro y parejo. Al llegar, tuve que pedirle a la mujer que me masajeara un poco los brazos, que ya ni los sentía, porque ella quiso que la llevara en el manubrio para poder sentir el vientito en el rostro. Entramos, ella me miró y se dió cuenta que estaba bastantico desmoralizado, me preguntó el por qué, y le conté: 

-¿Cómo puede ser que ese tipo todas las noches levante una mina distinta? Que nadie se percate que todo lo de él es imaginario. Y yo haciendo lo mismo, a duras penas, y se lo digo con todo respeto, me la pude enganchar a Usted. No entiendo nada.

-Mirá, nene (me dijo), el Eusebio, así se llama, es un ícono de la ciudad, es muy entrador, y como si esto fuera poco, él maneja una Harley y vos una Puma segunda serie (la vieja y querida gillette, bah!).

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Tamadre, con razón el del desarmadero se me cagó de risa cuando compré el manubrio. Llevé a doña Encarnación (así se llamaba ella) de vuelta a su casa, tiré a la mierda manubrio, casco, bidón, cadena y candado, y silvando bajito fuí a buscar mi auto para volver a Córdoba. Y, “mardita sea mi suerte”, me lo habían choreado. Así que me fuí caminado por la autopista haciendo dedo hasta que del aire, venía una señorita sentada en el aire, aterrizó sobre el asfalto a mi lado y me invitó a subir a su avión invisible para acercarme a mi Docta querida. La miré, estaba muy muy linda con esa pollerita, top brilloso, botas muy chetas, un lacito luminoso colgando de la cintura, y vincha y muñequeras de hojalata.

-¿Y Vos? ¿De dónde saliste? ¿Quién sos? -Ametrallé a preguntas-.

-Soy Diana Prince, pero podés llamarme Wonder Woman, si te apetece -me dijo-. Subí que te llevo, flaco.

Acá sigo caminando a la vera de la ruta.

Es en vano. Soy re cagón, le tengo vértigo a las alturas y, como si fuera poco, no confío mucho en los paracaídas invisibles.

Por Iñaki Sarnago – Ilustró Guillermo Martino