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Este jardín de gente

INFORME CENTRAL//LOS ASADOS DE KASPARIÁN

Cada mes, unos 40 amigos se reúnen, en viernes por la noche, en torno a una larga mesa de carnes, flippers, sorteos, música y homenajes a sus propias glorias. Jorge ‘Ruso’ Kasparián, alma mater, anfitrión y cerebro, es el imán de las buenas cosas en este jardín de gente.

Asado, dice el nombre del grupo de watsap, y le sigue la fecha apuntada para la próxima ocasión. Poco afecto a las tecnologías, Jorge Kasparián, el Ruso, es quien lo crea, lo administra y decide de modo armonioso los pasos a seguir. En el grupo estarán los invitados, selectos, exclusivos, tocados con la varita del éxito: sos parte de los asados de Kasparián. La lista de espera es más larga que la de invitados. El mensaje inicial será breve: apenas el anuncio de la fecha. El resto se sabe sin necesidad de que se diga. Es probable, y pasa seguido, que muchos del grupo no se conozcan entre sí. Eso es un hecho menor: son 40 amigos que, en cada asado mensual, inician el lento proceso de la amistad al ser parte de esta cumbre de fraternidad. Kasparián, quien aglutina a los elementos dispersos como un imán de fratellos, tiene ojo: sabe quiénes aportarán a esa armonía en donde lo que importa es… No se sabe qué es lo que importa. Y eso es, quizás, lo que importa.

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La sede es en barrio San Martín, sobre la Martín García. Kasparián, hombre del rubro textil e hijo de un recordado ex jugador de Talleres (pero hincha de Peñarol de Argüello), transforma su fábrica de remeras de rock, un viernes al mes, en un templo spinetteano de la amistad y el buen vivir. Durante el día se estampan las imágenes y letras de los próceres de la música rock. Por la noche, en esas mismas mesas de trabajo, se apoyan los codos para brindar y desenvainar el cuchillo con filo que nutre corazones. “Hace casi 26 años que estoy en este lugar, siempre hubo lugar para una parrilla y siempre hubo mucho movimiento de gente. Era más un club social que un taller de serigrafía” cuenta Kasparián, el padre de esta gran familia. “Un día éramos 7, después 9, se sumó Gustavo, después Gerardo. Llegamos a 15 y cuando me di cuenta cómo funcionaba, se sumó el resto. Me di cuenta que veníamos todos de distintos lugares, me di cuenta que dejaban los quilombos en la calle, se hablaba de cualquier tema, no había agravios. Todos confluyen en lo mismo”.

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El crepúsculo convoca a los primeros. El grueso de la banda llegará sobre las 9 de la noche. Para los primeros y para los últimos, siempre habrá fuego prendido donde se friten, primero, unas empanadas o se asen unas pizzas como aperitivo al animal sacrificado en honor a la hermandad. Tomás Schmidt, laburante textil de día, de noche es sommelier de espíritus felices: sabe quién es moderado en la ingesta, quien come más bien cocido, quién jugoso y a quién convidar carnes hasta entrada la noche.”A los asados los hacíamos una vez cada uno pero después surgían discusiones por quién lo hacía, así que de ahí en adelante los empecé a hacer yo”, cuenta Tomás, el asador designado, que despliega en la parrilla, por reunión, unos 30 kilos de carne. “Un costillar entero, 4 vacíos, 2 matambres, chorizos y 3 kilos de chinchulines. Además para la entrada solemos hacer 10 pizzas o 90 empanadas o 10 kilos de papas fritas”, aclara sin decir que esto podría llamarse, también, el palacio del colesterol. Sabe que los comensales no exigirán ninguna locura, “al contrario, lo que se les sirve, comen. La mayoría come bastante, pero hay algunos que se destacan” apunta mirando a este cronista.

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Sería un error creer que esto se trata sólo del comer y el brindar. Hay, en cada encuentro kaspariano, un deporte que convoca y por el cual se compite y se premia y hay campeón y humillados. El flipper, aquella costumbre que pereciera con la revolución tecnológica de los post ‘90, tiene en este templo el museo y último salvaguarda del ejercicio magistral de los pulgares. Kasparián, criado al calor de los ‘80, rock y juventud, es un obseso coleccionista de más de dos decenas de estas bestias infernales, propias de la industria pesada y electrónica y tan lejanos de los bits y el litio. Gerardo Urquiza, animador designado y coordinador sin Bariloche, micrófono en mano dispondrá en planilla oficial los cruces en los que los asistentes disputarán sapiencia y velocidad. Duelos en donde gana el que más rápido dispare.

PORTEÑO LOCO

Martín Almar, que vive en Buenos Aires, no duda: si hay asado en lo de Kasparián, él está. No importa que viva a 700 kilómetros, tenga hijos y una pareja. Él está. “En el mundo de los pinballs hay básicamente dos grupos de jugadores -explica-. Los que quieren jugar con pinballs de la decada del ‘90 y los flipperos, que juegan con máquinas de la década del ‘80. Yo soy una rareza para mi generación, porque los de la década del ‘80 me enamoraron. Por esta simple razón llego a través de flipperos al nombre de Kasparian, que es un rockstar del pinball ochentoso”.

_ ¿Y cómo lográs que te invite a los asados?
_ No podía autoinvitarme así que esperé lo que seguro ocurriría y ocurrió. Un día nos pusimos en contacto por la compra de un pinball. Hablamos por teléfono y nos entendimos a los pocos minutos. Simplemente porque los locos se entienden rápido y me invitó al asado. Me parecería una locura no ir a Córdoba a jugar con amigos. La vida está hecha para ser feliz y yo simplemente soy feliz compartiendo. He viajado a otros lugares y tengo autorización de mi señora a viajar si el presupuesto lo permite. Mi señora me conoce ya loco porque compartimos tareas de ayuda comunitaria y fuimos amigos antes de enamorarnos. Ve normal mi felicidad. En los encuentros hay un montón de niños con muchos años que se juntan a charlar y jugar. La vida son momentos posibles que a veces desaprovechamos y dejamos pasar por tonteras. Las cosas imposibles toman cuerpo en el corazón de un loco.

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El deporte, nervios de acero, músculos tensos, se practica mientras se imparten pareces generales con aquellos que descansan de su partida. Temas de debate y concientización: qué sé yo. La pausa llegará con el anuncio del asado, que es de parado nomás: semejante ceremonia obliga estar de pie. No juega la escudilla individual ni el deseo personal de no chocar codos con el ocasional vecino: tabla colectiva, cuerpos cercanos, gritos de aleluya. ¿Servilletas de papel? Este espacio, industria textil de día, se reserva los recortes de tela de remeras que nunca fueron para limpiar las grasas que se entrometen entre los dedos y que hacen brillar las caras de felicidad de aquellos que saben que a la costilla se le entra con las manos. Nunca está claro cuándo se termina la hora de la cena. No hay timbre que avise ni señal de cierre. El que quiere, come. El que inicia la digestión con un fernét, la inicia. En forma paralela sigue el campeonato que agota sus instancias: cuartos de final, semi, la gran final. De fondo, siempre, Luis Alberto Spinetta, que revive cada mes bebiendo y comiendo con todos. Algún campeón de flipper no supo explicar alguna jugada mágica. El Flaco también mete los garfios ahí.

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_ ¿Algo de todo esto fue planificado?
_ Se fue puliendo -cuenta Kasparián-. Los flippers son una gran excusa, más el trofeo para mostrárselo a los hijos. Sé que hay que cuidar el espíritu del asado, así que no se invita a cualquiera. Es una cuestión terapéutica. A veces me siento un cura, le tengo que tocar la frente con agua bendita para que se queden tranquilos. Uno sólo vino a competir al torneo de pinball y se enojó, no entendió que acá no se compite, se disfruta y se comparte.

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Ese espíritu presente por orden de alguna deidad permite el ondulante juego de la amistad, y también el del no boludeo. La ONG Conduciendo a conciencia, a la que Spinetta apoyó fervientemente, tuvo su espacio en algún asado para dejar en claro: emborracharse no es juego. Muchos menos si después manejás. Se puede brindar, pero ser un pelotudo no está aceptado. Aquella charla, que en cabezas que presumen libertad habría sido visto como censura al escabio, fue aplaudida y festejada. Atraviesa a estos encuentros en el templo kaspariano la idea, aún en el festejo y el delirio, de que podemos ser mejores personas.

HUMANISMO

Los asados en El Jardín de los Presentes tienen para mí un valor humanista. En general siempre desconfío de los grupos grandes, por esa pérdida de lucidez que suele ir atada a la euforia, pero en los asados me siento refugiado incluso por gente que desconozco. Nos chicaneamos, pero queda en segundo plano. Competimos, pero queda en segundo plano. Comemos y bebemos, pero no es el centro de la cuestión. Lo que se impone es el vínculo real con otros cuerpos que son antenas de una libertad situada. Es un espacio ante todo humano porque escribe y reescribe, una vez al mes, sus propias reglas.

Diego Vigna, Dr. en Estudios Sociales de América Latina, investigador del Conicet y habitual partenaire.

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Como mejores personas han sido los que, en sucesivos asados, han sido homenajeados por lo que son. Uno de ellos, de presencia insobornable, es Tincho Siboldi -periodista ex canal 8, hoy canal 10-, que antes de ser hombre de los medios fue hombre del rock. La banda insigne de los ‘80 en estas tierras poco rocker, Proceso a Ricutti, lo tuvo entre sus integrantes. Su cara en discos (¿y en remeras?) le valieron el reconocimiento de sus congéneres, que lo escucharon contar aquellas noches de música cordobesa.

Otro homenajeado y que no falta nunca es el gran Burda. Dibujante de Alta Córdoba que con su arte ha traspasado toda frontera imaginable, un viernes al mes olvida los pedidos de Hollywood y se lamenta por Instituto y brinda también por Instituto y la amistad. “El taller de Jorge no es simplemente un taller o un lugar de laburo, es algo más, es un lugar convocante, una especie de pequeño centro cultural. No es una logia, ni una cofradía y mucho menos, un club de la nostalgia. Es un lugar donde una vez al mes, se juntan más de 40 tipos entre treintones/cincuentones (y más) a divertirse y pasar un muy buen rato, comiendo (generalmente asado) y jugando a los flippers en una atmósfera musical, predominantemente spinetteana. En estas reuniones veo que más allá de que muchos casi ni nos conocemos y que a pesar de las diferentes formas de pensar, nos terminamos dando cuenta que son muchas más las cosas que tenemos en común que las que nos separan”.

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Entre los 40 asistentes hay quienes viajan exclusivamente desde Buenos Aires (ver Porteño loco), de Rosario o de Río Cuarto. “Vienen 40 y me putean 300 -reconoce Kasparián en función de aquellos que aún esperan ser convidados-. No vienen fanáticos ni barderos. No somos una iglesia, somos gente normal, decente y que entiende que esto nos trasciende”.

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Los ganadores del gran torneo se llevarán sus correspondientes trofeos, con ceremonia de entrega y cánticos a favor (y en contra). Los participantes escritores donarán algún ejemplar de sus libros para sortear, Burda algún dibujo, Kasparián algún estampado que será bandera. La noche camina sola y lenta, sin apuro. Sobre el filo de ella, el más grande chocolate del mercado se fragmentará en mil trozos para calmar las ansiedades y cada participante recibirá su certificado que garantice haber estado presente. “Estoy tranquilo y contento -dice Kasparián-, en el último asado se cumplió un objetivo que tenía: pasar desapercibido. Durante mucho tiempo de la noche no estuve y nadie se dio cuenta y funcionó solo. Si las cosas no nos transcienden, no servimos para nada”

Cantó Spinetta:
Alguien debió conservar,
y cuidar con amor,
este jardín de gente…

Tranquilo Flaco. Tu ángel guardián, a quien le dicen Ruso, nos cuida con amor. Sabe, como nos enseñaste, que con dinero no se inventa el amor.