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FLACO PIRRI FREE PASS Y CUARENTENA

Ciertamente pasaron cosas en el curso de este año y medio tan distinto a los demás, desde reinventarse en las actividades más impensadas que podríamos desarrollar, hasta enamorarse o tratar de pegarle al sexo de corrido a cualquier precio para no dejar pasar la primavera antes que se nos escape el tren; es que después de los sesenta días y más que estuvimos confinados al encierro, muchos, entre los que me incluyo, en soledad, donde la distorsión de la realidad y el tiempo atentaron en nuestra psiquis de la formas más variadas. Algunos caminábamos por las paredes, nos parábamos en pelotas en el umbral de la puerta de casa (total nadie pasaba por la calle) como señal de rebeldía ante… El Cobid? Y que carajos era el Cobid? En mentes estrechas como la mía, era un bicho bolita microscópico lleno de verrugas en forma de honguitos que por culpa de una señora china que estaba haciendo un murciélago vuelta y vuelta a la parrilla (le gustaba jugoso), desparramó el virus exponencialmente, porque la turra engañaba a su marido con el cuerpo de bomberos de Wuhan y, éstos, de tanto apagar incendios, incendiaron al mundo; sin contar que algún moderno Marco Polo haya sido partícipe en esta maldita cruzada llevando del Asia Oriental a la vieja Europa la receta de la barbacoa de quiróptero como el original llevó la de los fideos.
Y de golpe nos hicimos expertos en estadísticas y geografía: 32 contagiados y 4 muertos en Esfahán, Irán; 151 contagiados y 16 muertos en Vernazza, Italia, etc.; sin contar el asombro que teníamos por el avance pandémico en las grandes urbes, el cual no llegaría nunca a tener semejante magnitud en nuestro sudaca terrunio. NUNCA, LAS PELÍCULAS, la tuvo, y tan nefasta como del otro lado de los dos océanos mayores. Y entre el miedo y la soledad la buena noticia era que el virus te lo agarrabas respirando y no copulando (mientras no te sacaras el barbijo), y apareció Tinder en las vidas de muchos de nosotros, casi sexagenarios, que empezamos a meter me gusta a lo pavote en cada foto que la aplicación nos presentaba. ¿Tiene buena delantera y pelo largo? Me gusta. Match. Nada mejor que antes que nos encuentre el bicho, darle de corrido al sexo ya que al parecer, mujeres y varones teníamos las mismas intenciones. A cepillar que se acaba el mundo!!! Algo parecido a “Los 7 minutos” (la novela escrita por un autor desconocido, llamado en la historia J.J. Jadway -”googleen”-).

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La desesperación reinante y la algarabía del primer match, me llevó a contactarla. Chat, Whatsapp, encuentro tête à tête, reconocimiento tras rejas primero y después cruzar la vendita reja. Cafecito, charlita corta y cuerpo a cuerpo hasta el otro día con todo el protocolo a cuestas, barbijo, guantes de goma, visera transparente, nada de besos; incómodo pero había que respetar las reglas impuestas y nada que no pudiera resolverse con un poco de buena voluntad y mucha calentura. Esta primera vez fué todo un desafío, ya que pensaba que mi desesperación por sexo iba a ser tal que cuando fuéramos del living a la cama, el volcán haría erupción irremediablemente, pero no, el muñeco se portó como un caballerito inglés prolijo y rendidor. Hasta que en el fragor del encuentro y en plena oscuridad, volaron a la merda las protecciones faciales y se cortó todo, salimos de su casa derecho al hisopado, y malaya sea mi suerte, en el momento que me lo hicieron tuve otro orgasmo, la pucha que venía sediento de piel de fémina. Me despedí de ella con un hasta siempre, mas, los dos supimos que era un hasta nunca. Tanto salvajismo tampoco ayudaba mucho.
Tinder mediante 2 días después, matcheé con otra señorita de características perfectas, piel y rostro de ángel, rubia como me gustan y toda dulzura. Salimos a por un trago, fernet con coca para mí, primavera sin alcohol para ella (una lady), al terminar, subimos al auto para devolverla a su casa y a mitad de camino comenzó a besarme vorazmente, al extremo que tuve que detener el vehículo porque nos íbamos a hacer torta, torta fué lo que hicimos en el auto y ella la cerecita. No me daba ni tiempo a poder tocarla, gritaba como loca, me arañaba y me pegaba cachetazos, hasta que llegó la policía con un perro y dos tranvías, y nos pintaron los dedos por no respetar el distanciamiento social entre nosotros, y encima el control de alcoholemia me dió positivo. Joder, me salió cara la salida. Después del forzado alojamiento nocturno en la seccional, la dejé en su domicilio y antes de bajar, empezó de nuevo a acosarme, tuve que bajarla a los patadones del auto y salir rechinando las cubiertas, más o menos a los 4 kilómetros pude perderla de vista ya que venía corriendo detrás del coche como enajenada y a grito pelado pidiéndome más, porque venía con acumulación de ausencias carnales. Ninfómana del demonio.
Mientras Tinder, me seguía generando encuentros. Una mujercita muy elegante, con la que entablamos un hermoso diálogo donde no hubo tema sin tratar, con delicadeza le tomé la mano, y suavemente fuí llegando hasta su yo más sensible. Aún así conteníamos nuestra excitación con mutuo respeto. Así estuvimos alrededor de 2 horas de la mano, 3 horas después besé su cuello, 6 horas mas tarde llegué a sus labios, y al cabo de 8 horas más, ya estabamos listos para el coito. Antes del acto, la saludé y me fuí, resulta que cuando le tomé la mano 19 horas antes, ya había experimentado 2 orgasmos y difícilmente llegaría a un tercero. Definitivamente, sus tiempos no eran los mismos que los míos.
Llegué a casa, me preparé un cafecito con un par de criollos que desfreezé, me senté a la mesa a analizar lo sucedido y apesar de que no haya sido todo como esperaba, tener sexo en plena pandemia no me había resultado para nada complicado, al contrario, y no precisamente porque yo sea un galán ni nada que se le parezca.
Descansé unos días de tanto ajetreo, pero ya se había instalado en mí una especie de adicción al sexo tal y como éste viniera; tanto encierro y después tanto libertinaje me convirtieron en una máquina amatoria insaciable; dónde veía una ventana abierta en mitad de la noche, pegaba el salto para ver si alguna doncella dormía tras ella. La suerte me acompañaba y cada 4 incursiones, 1 enganchaba con suerte alguito para compartir mi lujuria. Hasta que ingresé como El Zorro a lo de doña Chola, una señora mayorcita muy sexy que acostumbraba a dormir desnuda; deslizándome cual ninja en la oscuridad me arrimé a su cama y en un sigiloso movimiento me acurruqué a su lado, cucharita que le dicen. Comencé a besarla con delicadeza, acariciarla y a hacerle el amor con mucho amor, en un determinado momento y en la cúspide del clímax, sentí en mi muñequín un dolor insoportable, algo así como una succión tras una guillotina. A duras penas pude desacoplarme y saltar por la ventana a la calle, tras un mar de sangre que brotaba de mi entrepierna.

Acá estoy esperando que el odontólogo me atienda… Doña Chola dormía al revés (con los pies contra la cabecera de la cama) y parece que la dentadura postiza que tenía puesta, mordía cruzado como los Pitbull… Ojalá me la puedan destrabar… ¡AAAAAAYYYYYYY, como duele!
Tamadre.

Por Iñaki Sarnago

Ilustró Guillermo Martino