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Hijo descarriado

Su padre, Carlos Saavedra Lamas, fue el primer Nobel de la paz de la Argentina y América latina. También fue el precursor del pacto antibélico que firmaron más de 20 países. Pero el hijo le salió retobado: le gustaban las armas, era solitario y en el norte de Córdoba asesinó campesinos.

Por: JCTV

Sangre de su sangre, herencia genética, amor de padre e hijo.

No hay mayor sueño para un progenitor que su vástago pueda hacer un camino más o menos similar al aprendido en el hogar. Algunos valores, algunos principios, algunos gustos en donde la huella de la tradición, la herencia o como se llame pueda filtrarse y el padre pueda decír: 

 _ Sí, ese es mi hijo.

Pero no a todos les pasa así tan lineal y explícito. y a algunos les pasa más bien todo lo contrario.

Como a él, hombre del poder en la Argentina de la década del 30, Nobel que parió un heredero que poco honor le hizo al hogar donde fue criado. Carlos Saavedra Lamas fue canciller de Agustín P. Justo, Nobel de la paz y autor del pacto internacional antibelico. su hijo, amante de las armas y asesino de campesinos cordobeses: Carlos Saavedra Saenz Peña.

Los hijos descarriados del poder. y sus padres sufrientes: mirá en lo que se convirtió mi niño.

Doble apellido

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Roque, el hijo del Nobel de la paz Carlos Saavedra Lamas, no sólo tenía apellido famoso por parte de padre, sino que también lo tenía por su madre: Sáenz Peña, hija del ex presidente. Roque, el niño, además de apellidos ilustres y patricios, heredó, junto a ellos, mucho dinero. Muchísimo dinero y la medalla de papá que atestigua: soy hijo de un Nobel de la paz.

Heredó la medalla, pero no heredó, para nada, esa idea de la paz que su padre buscó cultivarle y que sirvió para poner fin a la trágica guerra entre Paraguay y Bolivia.

Hosco, solitario, ermitaño, huyó de los salones patricios a los que era invitado por prosapia y se refugió en las estancias que compró con el sudor que nunca transpiró. Vestido siempre de gaucho malo, pelo largo y blanco y unos bigotes frondosos, se recluyó en el norte de córdoba, al límite de las salinas grandes, cerca de Santiago del Estero y orillando con pozo nuevo. Allí la soledad era su mejor compañera.

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Al norte de Córdoba llevó sus miles de cabezas de ganado y montó su mansión, inexplicable y única para un lugar tan alejado de todo. El lujo para el hijo descarriado del Nobel de la paz no era vulgaridad. Y junto a su mansión de película, en el norte de Córdoba, montó un polígono de tiro para saciar su placer mayor: disparar y disparar las decenas de armas que acumulaba por gusto y necesidad.

Cuentan en Deán Funes que cada semana llegaban vagones cargados de pólvora y municiones que el hijo del Nobel de la paz se hacía traer de Buenos Aires. Desde ahí Roque Saavedra Lamas Saenz Peña los trasladaba hasta su mansión para sentir el sabor del fulminante al explotar.

Siempre solo, su única relación con los paisanos era el encargo de algún trabajo en sus campos y rara vez compartía un mate, pero sólo si el otro era hombre. si era mujer, no la miraba ni a los ojos: el odio hacia el otro sexo era tan grande que no podía ni siquiera sostenerle la mirada.

Con el perro no

Un día cualquiera de julio de 1973, el campesino Ramón Nazario Ruiz pasaba con su sulky cerca de la mansión de Saavedra Sáenz Peña y un perro del estanciero atacó a su caballo. El sulki y su conductor terminaron por el piso y Saavedra Sáenz Peña, lejos de ser solidario con el desdichado, amenazó al pobre paisano y le dijo:

_ Si me toca al perro, ¡lo mato!.

Al día siguiente, cuando Ramón comía una empanadas de vizcacha y jugaba a la taba con sus hijos, se apareció el hijo del nobel cargando un 38 y al grito de ‘acá el único hombre soy yo’, empezó a disparar a todo lo que se moviera. Ramón y uno de sus hijos mezclaron para siempre su sangre muerta con el polvo suelto de la tierra del norte cordobés.

El hijo del Nobel fue preso un par de años por asesino. nadie podía creer que ese hombre fuera el niño que criara aquel que hizo que 21 naciones del mundo firmaran un pacto antibelico. Un amante de las armas, un asesino, hijo del Nobel de la paz.

Igual, cuando a Roque le pedían que mostrara algo que atestiguara su condición de hijo, no tenía más que los apellidos patricios. La medalla del Nobel de la paz que su padre había recibido en 1936 ya la había vendido en 1959.

Con ese dinero, seguro, compró armas y balas para sentir el sabor agrio de la pólvora entre sus dedos de hijo descarriado.