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La leyenda del diamante maldito

LA CIUDAD//EL DIAMANTE DEL BARÓN DE BIZA

La historia millonaria y enfermiza de Raúl Barón Biza es conocida: su primer amor Myriam Stefford, su fervor revolucionario por Yrigoyen y el golpe mortal que le asestó a su pareja Rosa Sabattini. Pero acá él mismo cuenta el devenir de un diamante, tan extremo como su vida misma.

La aviadora Myriam Stefford descansa su sueño eterno bajo la inmensa ala que altera el paisaje cada vez que viajamos para el lado de Alta Gracia. La obra, de mayor altura que el propio Obelisco porteño, sabemos, fue encomendada por el lastimado viudo, que se encargó, también, de sembrar más de un mito en torno a la lúgubre historia. Una de esas tantas leyendas es que junto al cuerpo doliente de la mujer europea también se sepultaron las decenas de joyas que el millonario cordobés le había regalado a su amor. Enterradas bajo kilos y kilos de cemento. Parte del tesoro no incluye el anillo de diamante que según el propio Barón Biza, generó que su pobre Myriam –según sus palabras- causara envidia en muchos salones, teatros y balnearios. Era, para el escritor y excéntrico millonario, “uno de los más maravillosos diamantes que el mundo haya visto”.

El delirante Barón Biza construyó un relato –inverosímil en muchos aspectos-, que dotó a la joya de un designio maldito. Al año de la muerte de Stefford, el escritor Segundo Gauna, amigo del viudo, publico en la revista Caras y Caretas la historia de la piedra preciosa relatada por el propio Barón Biza.

Transvaal era una antigua provincia sudafricana que ya no existe. Allí se explotaban los minerales, pero más se explotaba a los negros esclavos. Tal el caso de Togu, quien, pico en mano, descubrió la piedra y supo, desde entonces, que esa belleza era su puente hacia la libertad. Debía esperar un mes para que se cumpliera el plazo que le permitiera un momento de descanso a partir del cual poder escapar. ¿Cómo resguardar tal tesoro durante todo ese tiempo? Comerlo, como hacían buena parte de sus desafortunados compañeros, era imposible por su tamaño. Togu no tuvo mejor idea que abrirse el vientre para esconderlo en sus vísceras. Lógicamente, una infección terminó con su sueño de liberación y también con su vida.

En la autopsia sobre el esclavo apareció la joya, que pesaba cerca de 75 quilates. Enviada a Amberes, la trabajaron artistas de los más refinados y quedó al resguardo en una caja fuerte hasta tanto alguien la comprara. Como eso no pasaba, el vendedor encargado, Brown por apellido, la empezó a usar en ocasiones especiales, hasta que un asalto a su comercio terminó con su vida. Al poco tiempo, el diamante fue vendido por poca plata a un comerciante turco, que se lo vendió a quien se hacía llamar ‘rey’ de Indore, una ciudad India. El monarca de baja estirpe se lo regaló a Zulma, la favorita de su harem, que apareció ahogada al año de recibir el regalo. Rescatado de sus dedos, el supuesto rey, sin duelo, lo volvió a obsequiar, ahora a Miss Ketty, afamada bailarina de Estados Unidos que, a poco de volver a su país, fue asesinada por su pareja, movido por los celos enfermizos. El femicida se llevó el cuchillo y también la piedra preciosa.

Cuenta Barón Biza que nada más se supo del diamante, hasta que años después, la Condesa de Búscoli, una noble italiana, tras haber perdido toda su fortuna en el juego, se suicidó en los jardines del casino de Montecarlo. El dedo mayor de su mano derecha estaba envuelto en el trágico anillo que nadie había querido comprar en el casino: o es falso o está maldito, pensaron todos. Tras esto, el cordobés Barón Biza lo compró en París y en una góndola veneciana, le declaró su amor eterno a Myriam, la aviadora malograda.

El propio Barón Biza, que más tarde sería yerno del gobernador Sabattini e intentaría matar a la hija de éste, contaba que con Myriam “nos reímos muchas veces, recordando la historia del diamante”. Tras la muerte de su jovencísima esposa y pese a la leyenda de las joyas enterradas bajo el ala, el anillo maldito tuvo otro destino: “Ya no causará más víctimas. Ahora está depositado en la caja fuerte de un banco y de ahí no saldrá”.