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La mujer Ciencia // MARIE CURIE, PARTE 2

Los avances de sus investigaciones, la sociedad indestructible con su esposo, la radioactividad como gran descubrimiento y la tragedia que la afectó para siempre. Segunda entrega de Marie Curie, la mujer ciencia.

Por Juan Cruz Taborda Varela

Decir que Marie Curié descubrió y midió la radioactividad, esos rayos que curan y matan, es simplificar la historia al extremo. Antes estuvieron sus años en La Sorbona: eternos años de cursado viviendo en un sexto piso sin ascensor, con el agua que se congelaba por las noches y con la única ingesta diaria de pan, chocolate, huevos y fruta.

El esfuerzo desmedido, la vida al límite, fue deporte en Marie: por eso no hubo día en que a sus estudios sumara las vueltas en bicicleta, algo de montañismo, natación y todo lo que la llevara al extremo de sus fuerzas. Sólo para demostrar, para demostrase, que Marie siempre podía. Siempre podía más.

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Y pese a las palabras de su amigo Einstein acerca de que Marie era fría como un pez, Marie también pudo en cuestiones del amor. En 1895 se casó con el hombre que le daría finalmente el apellido que la inmortalizó, en clara evidencia patriarcal. Pierre Curie, investigador obsesivo como ella, no sólo fue el amor sino también su mejor socio: horas y horas en el laboratorio que montaron juntos buscando algo que no sabían bien qué era.
A la hora del casorio no hubo vestido blanco: Marie se vistió de negro con un atuendo práctico que después usó para trabajar. Tampoco recibieron regalos. Solo algo de dinero que les alcanzara para la luna de miel en dos ruedas: recorrieron media Francia montados en sus bicis. Marié y Pierre se adelantaban a un mundo que, lo sabrían después, no los iba a entender.

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En 1895 el físico Wilhelm Rontgen hacía experimentos con el tuvo catódico y descubrió los rayos X de pura casualidad. Les puso X por eso: porque no sabía qué eran. La primera radiografía fue a la mano de su mujer: eran los rayos que no se veían. Marie profundizó esos estudios en su laboratorio. Además tenía que encargarse de cocinar y criar a las hijas, claro.

En esas condiciones, de mujer trabajadora, empeoradas por la precariedad de su laboratorio, Marie descubrió la existencia del radio y el polonio, este último bautizado así en honor a su país de origen. El radio y el polonio, dos elementos químicos ocultos en la naturaleza, aparecieron mientras Marie trabajaba con una temperatura ambiental de 6 grados. Comodidades, para otro día.

El primero en aparecer fue el polonio, 40 veces más radiactivo que el uranio. Después vendría el radio, que lo es 3 mil veces más. No fue simple. 10 toneladas de roca llamada pechblenda para sacar una décima de grado de cloruro de radio. En grandes ollas, Marie hervía el mineral. Tres años tardó hasta poder extraer el radio, una materia ínfima que desprendía una luz verdosa azulada y que encantaba en las noches sin luna: el radio era la luz de sus ojos, sin conocer aun el peligro que había tras de él.

El descubrimiento les trajo el primer Nobel, inicialmente sólo para Pierre. Pero el propio Pierre se puso firme frente a la Academia y les dijo:
-Es con ella o no es nada.

Y por primera vez los suecos debieron reconocer que una mujer podía recibir el premio mayor.

Pero la alegría, que en las fotos de Marie nunca se avizora pero que igual estaba en su trabajo obsesivo y en la crianza de sus dos hijas, se interrumpió de modo inesperado. Un resbalón en las calles de París, un carrujae tirado por caballos, los equinos que supieron esquivar al malogrado pero las ruedas del coche que destrozaron su cabeza. Pierre murió de modo insólito y para Marie todo cambió para siempre.

En su diario íntimo, un pequeño cuaderno de apenas 20 páginas que escribió durante un año, Marie Curie, nacida María Slodoswka, dejó al desnudo el dolor que la atravesaba. Allí escribió:

-Entro en el salón. Me dicen: ha muerto. ¿Acaso puede una comprender tales palabras? Pierre ha muerto; él, a quién sin embargo había visto marcharse por la mañana; él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos esta tarde. Ya solo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre.