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La mujer CIENCIA – MARIE CURIE, PARTE 4

Los años pasaron y Marie Curié jamás pudo olvidar, aún en su cotidiana revolución científica, a Pierre. Mañana tras mañana, en la organización inicial del día, el esposo muerto volvía a la cabeza de la científica que ya alcanzaba la trascendencia mundial.

Por Juan Cruz Taborda Varela
juancruztaborda@hotmail.com

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“Pierre mío. Me levanto después de haber dormido bien, relativamente tranquila, apenas hace un cuarto de hora de todo esto. Y fíjate, otra vez tengo ganas de aullar como un animal salvaje. A veces tengo la idea ridícula de que todo esto es una ilusión, que vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír cerrarse la puerta, la idea absurda de que eras tú?”

No es exageración hablar de su trascendencia mundial. Porque sus descubrimientos, fundamentales para la humanidad y su desarrollo, comenzar a tener utilidades en la vida cotidiana. Utilidades que desconocían el peligro latente de la radiactividad, que se vendía como cura milagrosa hasta para curar la alopecia -en serio, los pelados se pasaban por la calva una crema radioactiva-. Todo se podía curar con el radio: incluso el cáncer -que no estuvo tan errado, sólo que hoy se modificó el elemento químico que se utiliza para las terapias-.

El radio descubierto por Marie se aplicó de un modo que hoy sería inimaginable: La celulitis se curaba con la la crema Alpha radium. La publicidad decía: la radiactividad es un elemento esencial para conservar sanas las células de la piel.

Había otros usos: una bolsa de radio en el escroto, y chau impotencia. Y si te pones el radio en la cintura, la artritis se cura. Un tibio y fulgurante baño de radio, y chau catarro. Señora mamá, aquí tenemos lana radioactiva para la ropa de su bebé: una preciosa fuente de calor y energía vital que, además, no se encoge.

Durante 30 años la radiactividad fue la cura a todos los males. El fulgor verde y azul del radio enamoraba. Y a su descubridora mucho más. Marie tenía una pequeña muestra en el respaldar de su cama y hasta el fin de sus días dijo que el elemento químico no era tan peligroso como algunos creían. Recién en 1925 se le puso un freno. Radithor era un tónico compuesto por agua con isotopos radiactivos que se vendía libremente con la promesa de curar más de 100 enfermedades. 7 años después, un reconocido jugador de golf que había tomado la botellita durante 5 años, murió con los huesos de mandíbula y el cráneo deshechos.

Mismo estupor se vivió cuando 9 mujeres trabajadoras de una fábrica de Estados Unidos murieron con su mandíbulas necrosadas. Las mujeres pintaban relojes con la pintura diluida en radio para que los números brillaran en la oscuridad. La práctica de mojar con saliva el pincel decretó el final de sus vidas.

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Con el recuerdo siempre cálido de Pierre, un nuevo panorama modificó el horizonte gris del que Marie buscaba salir: la aparición de un nuevo hombre en su vida:
“Estaba sola con tu ataúd y puse mi cabeza en él apoyando la frente. Y a pesar de la inmensa angustia que sentía te hablaba. Te dije que te amaba y que te había amado siempre con todo mi corazón. Te prometí que jamás daría a ningún otro el lugar que tú habías ocupado en mi vida y que trataría de vivir como tú habrías querido que lo hiciera. Y me pareció que de ese contacto frío de mi frente con tu ataúd me llegaba algo parecido a la serenidad y la intuición de que volvería a encontrar el ánimo de vivir”.

Marie encontró un nuevo ánimo en otro hombre. Volvió el amor. Pero lo que parecía el retorno de la felicidad no fue más que una nueva frustración. El sujeto en cuestión, científico destacado, era un hombre casado lo suficientemente cobarde como para no animarse a cerrar la historia que aún lo unía a esposa. El asunto se hizo público y el escándalo estalló en toda Francia. Los medios, una vez más, se la agarraron con ella: comehombres le dijeron y las muchedumbres atacaron su casa, rompieron sus ventanas y mancillaron su honor.

Ella, clara como siempre, se limitó a decirles que no había nada en sus actos que la obligara a sentirme disminuida. En esa misma semana del escándalo recibió el Nobel de Química. En Francia hubo silencio absoluto y el rector de La Sorbona buscó que abandonara el país. Pocos amigos la felicitaron. Entre ellos, Einstein, que después de declarar su admiración por Marie, le dijo:

-Marie, olvídese de las víboras.

Las víboras siguieron y a los pocos días publicaron las cartas privadas de Marie con el hombre en cuestión. Tuvo que desaparecer durante un año. Ni en el laboratorio ni con sus hijas. Adelgazó 10 kilos, enfermó, se recluyó en los abismos del anonimato: se registraba en distintos lugares de Francia con nombre falso. Su viejo amante, el hombre cobarde, encontró otra mujer, tuvo una hija en secreto y muchos años después le pidió a Marie que le diera trabajo en su laboratorio. Marie, que era de otro planeta, aceptó.

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Pese al desprecio sufrido en aquellos años, Marie mantuvo sus principios solidarios que la impulsaban siempre a contribuir con el bien colectivo. Durante la Primera Guerra se encargó de poner al resguardo el radio francés y así impedir que cayera en manos alemanas. Y después, al ver los miles de heridos que caían cada día, creó unidades móviles de salvación que pusieron en práctica la utilización de rayos X. Salvó miles de vidas.

Su compromiso era evidente: muchos años antes, al descubrir el radio, tanto ella como Pierre habían decidido no patentarlo, pese a que no habían tenido apoyo de nadie en sus investigaciones, para que la humanidad dispusiera libremente del elemento químico.

Confiada en que ella no sufriría las consecuencias de la radiactividad, jamás abandonó el laboratorio pese a que su salud comenzaba a resquebrajarse. Atravesado el umbral de los 60 años comenzó a perder la vista, sus heridas no cicatrizaban y su cuerpo ya no era el de antes. Murió a los 67 años con el cuerpo deshecho. 20 años después, sus cuadernos mantenían un alto poder radioactivo.

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En 1995, 60 años años después de su muerte, se convirtió en la primera mujer en ser enterrada por mérito propio en el Panteón de Hombres ilustres de París. La decisión la tomó el presidente francés Francois Miterrand.

En Córdoba, como homenaje, la recordámoas con el nombre de dos calles. Una de las calles es Maria Curie y se cruza con la Ruta 20. En barrio Maipú, en cambio, fueron por el lado de la Córdoba de las campanas: la calle se llama Esposos Curie.

Mucho antes, en carta a su hija Irene, que también moriría joven a causa de la radiación, Maria Slodoska escribió:

Les deseo un año de salud, de satisfacciones, de buen trabajo. Un año durante el cual tengan cada día el gusto de vivir sin esperar que los días hayan tenido que pasar para encontrar satisfacción. Y sin tener necesidad de poner esperanzas de felicidad en los días que hayan de venir. Cuanto más se envejece más se siente que saber gozar del presente es un don precioso, comparable a un estado de gracia.