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La primera vez que nos contamos

Sarmiento y Uriburu fueron los presidentes que realizaron los primeros censos de en nuestra historia. Los datos preocupantes del primero, la mirada regresiva del segundo. A todo esto, ¿ya hicieron el censo digital?

Por JCTV

El 18 de mayo será feriado nacional por la razón que ya sabemos: el censista tocará nuestra puerta. Habrá dos alternativas para recibirlo: hacerlo pasar, atenderlo como corresponde, responder cada una de sus preguntas e insumir, tanto nosotros como el trabajador, unos 40’ de nuestros tiempos. Hay otra alternativa: anticiparnos a través del censo digital, completar el formulario web en el momento que podamos y queramos y el propio 18 de mayo, cuando el censista toque nuestro timbre, darle el código que corresponde en cuestión de segundos y seguir con nuestra vida. Sin dudas, la segunda opción es mucho más interesante y fructífera. Pero contemos ahora lo que pasaba cuando se hizo el primer censo de nuestra historia.

NI LEER NI ESCRIBIR

En 1869, de la mano de Domingo Faustino Sarmiento, llega nuestro primer censo nacional, que dio la peor noticia que se le pudiera dar al sanjuanino : del total de la población argentina resultante, 1.800.000 habitantes, el 71% no sabía ni leer ni escribir. Apenas 360 mil leían y menos, unos 312 mil, decían sabe escribir. ¿Se puede saber leer y no saber escribir? Al menos casi 50 mil dijeron que sí. Quizás sea cierto. O, posiblemente, sea parte de la vergüenza, ya existente por entonces, por no haber incorporado una u otra habilidad. Reconocerlo no era ni es fácil.

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Ya el propio informe del censo decía que “es de creer que la verdad sea más desoladora, siendo muchos menos los que realmente saben una y otra cosa”. Vamos de nuevo: en la Argentina de Sarmiento, en la que vivían 1.800.000 personas, 1.400.000 eran analfabetos. Bravísimo.

Y si tal condición hacía difícil pensar en el progreso de la nación, había otro elemento igual de desolador: la cantidad de niños y niñas huérfanos. Con esperanzas de vida muy acotadas en el universo de los adultos jóvenes, miles de pequeños perdían padre o madre a muy pronta edad. De los 720 mil menores de 14 años que había en Argentina en 1869, más de 400 mil no sabían ni leer ni escribir y casi el 10% habían perdido a sus progenitores. 19.966 eran huérfanos de padre y 37.500 eran huérfanos de madre. ¿Por qué nos detenemos en el escalofriante segundo dato? Por lo que suponían las madres para entonces: la principal encargada de la crianza de los menores. Esto, en función de la utilización de los hombres para la guerra y la poca presencia en el hogar que tenían por entonces. Además, la disparidad de las cifras entre muerte de padres y madres deja en evidencia lo extremo y peligroso de la vida para las mujeres.

Y un punto más, también preocupante en aquel presente: de esos 720 mil menores de 14, 150 mil eran hijos/as ilegítimos/as, con lo que suponía tal condición. No presencia de la figura paterna en el hogar -de por sí estaban poco- y el escarnio público para madre y niño o niña. Y si bien era una práctica bastante común -las familias paralelas, las segundas mujeres que más que amantes, eran sometidas al deseo del varón-, los números de Argentina rompían el promedio. Mientras aquí el 20% de los menores eran hijos ilegítimos -y habría que esperar muchos años para que un cordobés pensara en darle los mismos derechos-, en Francia era apenas del 6%.
El segundo censo de nuestra historia llegaría recién en 1895, 26 años después. Lo organizó el presidente José Evaristo Uriburu. De 1.800.000 habitantes de 1869 saltamos a 4.044.911, más del doble. Crecimos mucho, pero en materia de amplitud y aceptación estábamos muy lejos. El documento oficial aseguraba que no se había sectorizado por etnias y argumentaba: “La cuestión de las razas, tan importante en Estados Unidos, no existe pues en Argentina, donde no tardará en quedar unificado por completo (su población), formando una nueva y hermosa raza blanca”.