LAURITO-Y-MICROBIO1

Laurito y Microbio

Este mes Mariano Cognigni deja el humor de lado y nos trae una de las tantas historias que habitaron nuestra docta ciudad. El amor de dos personas con enanismo que se conocieron en Córdoba y se propusieron echar raíces y formar una familia en nuestro paisaje mediterráneo surcado por las aguas de La Cañada, aguas que nunca serán del mar.

Mi viejo era un lungo de un metro noventa y cinco. Ya a los quince años tenía esa altura, una virtud que a él no le caía en gracia. Como muchas de las personas altas, él hubiese dado cualquier cosa por tener una estatura estándar, por pasar desapercibidos, en especial durante la adolescencia. Qué no hubiese hecho por medir igual que aquellos que envidiaban su talla XXL. Muchos lo intentaron alentar para que jugara al basket, como si la vocación viniera dada por las características físicas. De sólo pensarlo se horrorizaba; se imaginaba a sí mismo formando parte de un equipo deportivo, corriendo sin ganas detrás de una pelota, resignando su vocación de dibujante y periodista porque la sociedad opinaba que ya que había nacido así, tenía que aprovecharlo.

LAURITO-Y-MICROBIO

Es que desde niños nos inculcan que “mientras más alto, mejor”. Se trata de un fenómeno cultural, desde el mismo lenguaje se hace alusión a ello. Es meritorio todo lo que sea supremo, elevado, alto, encumbrado, superior, magnánimo, etc, etc. Alto nivel, alta gama, colosal, etc.etc. El vencedor “sube al podio” mientras que el deprimido “está en un pozo”. El equipo de fútbol que tiene una buena racha (por discreción no voy a nombrar a ninguno) “está ascendiendo” el que pierde todos los partidos (usted sabe a cuál me refiero) va “cuesta abajo en su rodada”. La lista de ejemplos es interminable, acaso el de más renombrado de ellos sea el astronómico: en 2006 se cambió la clasificación de los planetas, Plutón pasó entonces a ser considerado “planeta enano” lo cual no significa que fuese una desvaloración hacia el cuerpo celeste.
Mis viejos conocían a un matrimonio de enanos “Laurito y Microbio” lo cual sorprendía a muchos. Mis amigos no podían creer que fueran de visita a mi casa. Siendo yo un niño siempre me había parecido de lo más natural. Nunca pregunté bien su historia de amor, sólo recuerdo lo que contaban mis viejos.
Ambos trabajaban en circos, un día sus giras arribaron a localidades cercanas de la provincia, fue entonces cuando se conocieron, y de inmediato se enamoraron. A la hora de partir, decidieron que nuestra tierra con aroma a peperina era un buen sitio para echar raíces. Renunciaron entonces a la vida deambulante de los circos, ya no serían artistas marineros de tierra firme, sin ningún amor en cada puerto seco. Las caravanas de casillas y carpas reanudaron la peregrina marcha sin sus presencias. Unos años más tarde soñaron con formar una familia. Laurito trabajaba en el Banco Social de Córdoba. Supe ahora que allí era muy querido, que era una persona muy respetada y confiable. Laurito y Microbio ganaban un plus animando fiestas infantiles, las de mis hermanos entre otras. La animación era muy divertida, bien cirquesca si es que existe el término. Muchos gritos, tropiezos y escándalo. Hacían rutinas de payasos y de magos. El show cumpleañero llegaba a su punto culmine cuando Microbio le daba a cada uno de los niños una vela encendida (supongo que hoy en día este número artístico no sería aprobada por bomberos). Laurito entonces corría gritando por todo el salón con un rabo de papel mientras era perseguido por la horda de chicos desaforados, que intentaban prenderle fuego esta cola. Por fin uno de ellos –siempre era el cumpleañero- lo lograba. Entonces, de allí empezaban a explotar cohetes y petardos mientras Laurito gritaba y saltaba como loco. Aquello era un final apoteótico. De la excitación los chicos no pegaban un ojo por tres noches.
Cuando el matrimonio venía de visita a casa, por visita o por trabajo, yo me asomaba y miraba su auto por dentro: los pedales alargados, los asientos sobreelevados y la palanca de cambios prolongada. Laurito había aprendido a manejar en un número de circo muy popular en aquellos años “El taxi loco”. Cuando mi viejo iba de visita a su casa –también adaptada a sus alturas- él se sentía como un elefante en un bazar y temía romper algo, se sentía como Gulliver pero más torpe. Mi vieja, en cambio, con su metro cincuenta y ocho, casi que no notaba la diferencia.
Cuando La Voz del Interior estaba sobre la avenida Colón, el bar vecino era el punto de reunión de los periodistas, Laurito se sentaba sobre la falda de mi viejo y hacían una imitación de “Chasman y Chirolita”. Les salía tan bien que incluso alguna vez les sugirieron que llevaran el número al escenario de Elodía o algún otro café concert, tan en boga por aquellos años.
El matrimonio soñó con tener un hijo. Le explicaron que era posible pero podría poner en riesgo la salud de Microbio. Asimismo decidieron intentarlo. A los siete meses de embarazo, fue necesario practicarle una cesárea a Microbio. Ella dio a luz una hermosa niña que a los pocos años ya superaba en altura a sus padres.
Nunca volví a verlos, creo que es una de las más originales historias de amor de nuestra docta ciudad. Con la llegada de las redes sociales supe que siempre fueron muy queridos y muy respetados, supe que aquellas personas pequeñas fueron muy grandes, tanto como el amor que juntos tuvieron.

Daniel Salzano los recuerda de una manera poética –y magistral– aportando datos que ignoro si son ciertos o fruto de su creación artística, como fuere, me despido de ustedes y los dejo con las palabras del maestro:
“A Laurito, el enano, le hubiera gustado medir más de 1,35 y hacer lo que hace el resto de la gente: jugar al metegol, por ejemplo, sin necesidad de subirse a una silla.
Aprendió a decir una docena de palabras en inglés, se hizo bordar un escudo con dos llaves en el corazón de la solapa y se ganaba la vida recibiendo a los viajeros, abriendo y cerrando las puertas de los taxis, gudmórnin, buenas nái.
Imaginen lo que sintió el día en que al hotel llegó un auto de dos plazas y del auto bajó una enana con nombre de trapecista –Margarita Microbio– y mandíbula cuadrada. O sea que Laurito se enamoró de Margarita y comenzó a mandarle señales categóricas: le llevaba un vaso de agua fresca todas las mañanas y, por la noche, equipado con un ramo de flores calientes, iba al circo a esperarla a la salida.
Conclusión: el mismo día en que la caravana del circo abandonaba la ciudad, Laurito contrató un taxi, la siguió, raptó a la novia y, con la bendición de un cura fronterizo, la convirtió en su legítima esposa. El circo perdió una trapecista y Córdoba ganó un enano. Laurito abandonó el disfraz de mariscal y comenzó a ganarse la vida haciendo de payaso para la gente menuda, gudmórnin, buenas nái”.

Por Mariano Cognigni