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Lucrecia *

Este mes Mariano Cognigni nos da un descanso de sus delirantes columnas para sorprendernos gratamente con un relato premiado en un concurso literario internacional. No lo hace de generoso, lo hace de agrandado. Y porque quiere hacer buena letra para conseguir editor de su próximo libro. Desde Revista Nuevos Matices ya le dijimos que no cuente con nosotros, pero no hay caso, el tipo insiste.

Yo era corpulento, Lucrecia menudita, ambos teníamos dieciséis años, aunque los míos más bien parecían doce y los de ella veinte. Yo venía de otro colegio, expulsado una vez más. El día que entré a mi nuevo curso ella me imantó, era una flaquita medio hipona de unos bucles rubios que le caían lánguidos sobre sus lánguidos hombros. Su mirada afilada y su sonrisa amplia tenían una gran habilidad para esquivar mis ojos. En el concepto varonil otras compañeras podrían, acaso, haber sido calificadas como más atractivas, pero ella y sólo ella, poseía un raro don: el de ignorarme.

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Lucrecia sólo interactuaba con las profesoras y con sus compañeras más intelectuales. Con nosotros, los malos alumnos, se relacionaba lo mínimo necesario. No es que fuese engreída, ni antipática, nada de eso, sucedía que dentro de ella vivía un cerebro de adulto que tenía que soportar el fastidio de estar rodeada de varones, esos púberes pubescentes salpicados de un infesto acné. No nos hubiese sorprendido enterarnos un día que tenía un novio de veinticinco o treinta. Cuando estábamos ante su presencia nos hacía sentir diferente, tal vez como lo que realmente éramos: unos pelotudos.
Este era un colegio de vanguardia, por aquellos años la última moda pedagógica eran las guías de estudio. Algunos profesores dictaminaban la conformación de los grupos, lo hacían mezclando buenos y malos alumnos, acaso imaginaban que la inteligencia era contagiosa. Como fuere, la cuestión es que con este método se formaban unas antinaturales mixturas entre bestias y alumnas. En dichas ocasiones a Lucrecia no le quedaba más remedio que soportar nuestra apestosa cercanía.
El verano se negaba a partir, se había atrincherado en una siesta soleada. Ese día nos reunimos en la casa de Carina, una compañera que vivía en un chalet estilo californiano. En el fondo tenía un asador con un quincho que oficiaba de cuarto de estudio. Encorvada sobre la mesa, Carina escribía a dos manos, Lucrecia resumía marcando con una fibra Silvapen y dictaba sin darle respiro a la dueña de casa. Al finalizar cada párrafo nos pedía, sin despegar la vista del libro, que hiciéramos silencio, era obvio que el humor adolescente la ponía de mal humor. No había terminado el primer capítulo cuando se le hartó la paciencia, golpeó el marcador contra la mesa y nos miró con esa bravura que solo tienen las petizas, nos miró con ojos de electroencefalograma, como buscando la fallida sinapsis entre las dos neuronas de nuestro cromosoma “Y”. Con voz de posesa dijo ¡Ya que no aportan nada y les va a caer una buena nota de arriba, al menos no molesten, mierda!
Silencio de muertos, ni una mosca voló, frío repentino. A los diez minutos de permanecer callado me estaba volviendo un monje budista. Entre los varones evitábamos mirarnos a los ojos para no tentarnos de risa. En la carpeta dibujé el símbolo de la paz y varias flores, una decena de veces escribí mis iniciales con letras pop imitando el logo de “Led Zepppelin”. Me rasqué los piojos poniendo el brazo en posiciones de contorsionista y me sostuve la cabeza de treinta modos diferentes. Cien veces me planché el cuello de la chomba con la mano y me acomodé el cabello. Conté las baldosas del piso hasta volverme Penrose y me comí las uñas con vocación de gourmet. En todas estas actividades puse un gran empeño, no fuera cosa que escuchara el dictado y sin querer aprendiese algo. Me tragué tantos bostezos que acabó dándome hipo. Sólo habían pasado dieciocho minutos.
Dije que iba al baño. Mientras cruzaba el jardín, lo más lento posible, miré la pileta de natación y tuve la absoluta certeza que en un rato los chicos malos nos íbamos a cansar de tanto “estudiar” y empezaríamos a “echar moco” empujando las chicas al agua. Era seguro que ellas se pondrían furiosas, pero bien valía la pena aguantarse las puteadas porque la ropa mojada se les pegaría al cuerpo. Pero ¿quién se iba a animar a empujar a Lucrecia? Ese era el primer premio, esa flaquita era el pescado gordo y tenía que ser mío. Tamaña rabieta se iba a agarrar, iba a ser noticia en todo el colegio. Yo era un alumno llegado de afuera y no me estaba siendo fácil escalar mala fama en el ranking local. En este nuevo establecimiento educativo tenían unos moqueros de primera categoría, eran duros de superar.
Entré al baño, hice pis y luego estuve un buen rato frente al espejo acomodándome el cabello, decidiendo si me quedaba mejor con las orejas cubiertas o no. Mientras tanto pensaba en la buena suerte que me expulsaran el Colegio Técnico, dos años entre mil varones habían resultado inhumanos, la directora ya me estaba pareciendo sexi. En cambio ahora, nada más en mi curso, había veinticinco compañeras. Mejor dicho: Lucrecia y otras veinticuatro.
Tomé el tubo de dentífrico, hice un pequeño orificio en el plomo y lo rellené con alcohol yodado que encontré en el botiquín. Apagué la luz, desenrosqué la lámpara y volví a colocarla con pedacito de papel metálico de la etiqueta de cigarrillos.
Por fin salí del baño, encaré hacia el fondo para continuar estudiando pero una barrera antiresponsabilidad me impidió seguir avanzando. Entonces me puse a husmear en el living, tomé un crucifijo y lo puse patas arriba en un estante, quedaba gracioso, Cristo de los equilibristas. En su lugar colgué un elefante de la buena suerte que se aburría sobre la mesa ratona, eso sí, antes le quité el billete de diez mil pesos que tenía enroscado en la trompa, no fuera cosa que lo gastara en maní. Tomé las carteras de las chicas, con toda mi fuerza les até las tiras entre sí para que tuviesen que ir juntas al baño y se volvieran amigas inseparables, también les mezclé los cosméticos para que cada una pensara que las otras se los habían robado y se volvieran enemigas inseparables.
Ahora sí, con el sabor de deber cumplido, emprendí el regreso al claustro gastronómico- educativo. Iba a medio camino cuando se escuchó sonar el timbre. Desde el quincho, Carina me gritó que atendiera ya que estaba ahí.
Abrí la puerta. Era ella. ¿Qué hacías afuera? –le pregunté– ¿saliste a comprar puchos? Pero no me respondió, se quedó mirándome con un gesto entre la complicidad y la picardía, con unas pupilas entre la sinceridad y el deseo. Se quedó mirándome el alma. Luego me sonrió.
Dicen que antes de morir las personas ven correr el film de su vida ante sus ojos. Pues bien, en el tiempo que duró esa sonrisa yo vi pasar mi futuro, nuestro futuro. Vi cómo el amor nos latía en la piel, cómo nos fusionábamos en un beso vital, vi cómo nos amábamos sobre el sofá y rodábamos abrazados rompiendo los adornitos del living, vi cómo rodábamos por el jardín, cómo caíamos en la pileta y la ropa se le adhería al cuerpo, vi cómo recorríamos el planeta y el tiempo amándonos, rodando, fusionando el Ying y el Yang, poblando la tierra con nuestra prole, una nueva raza de niños abanderados de pésima conducta, de chicos sobresalientes insoportables, de brillantes inadaptados sociales, vándalos con planteamientos existenciales que con una mano recibían la medalla de oro y con la otra rompían una bombita de olor. Vi la plena felicidad.
Entonces ella, aun riéndose, me dijo:
– No, yo soy la hermana.
Las mujeres hermosas alteran a los hombres, las gemelas hermosas los confunden hasta volverlos locos. Deberían estar prohibidas. Al nacer deberían pintarlas de diferentes colores para que no anden sueltas por el mundo creando falsas ilusiones. Ni auténticos desengaños.
Aquella misma tarde el otoño invadió el calendario. Marzo se hizo gris de nubes y lluvioso de hojas, al menos dentro de mí.
Días después la profesora de ERSA estaba escribiendo en el pizarrón “Responsabilidad Cívica” cuando se le encendió un fosforo dentro de la tiza. Todos se rieron, Lucrecia también, lo sé porque justo en ese momento yo la estaba mirando.
De inmediato me expulsaron. Y nunca más volví a verla. El azar es extraño.

Han pasado desde entonces más de tres décadas. Ahora me gano la vida vendiendo seguros para el hogar, visto saco azul y llevo el cabello bien peinadito, voy tocando timbres de casa en casa ofreciendo mis servicios con educados modales de sonrisas y gestos amables como de los tipos que regalan biblias. Tengo la certeza de que algún día ella me abrirá la puerta, que mientras yo le recite mi confiable perorata de convenientes pólizas, ella me escudriñará el rostro con sus ojos de scanner, me reconocerá, querrá saludarme, conversar un rato, querrá saber qué fue de mi vida, qué fue de mi irreverente trasgresión y mi rebeldía social. Entonces le diré:
– No, yo soy el hermano.

Por Mariano Cognigni

  • Finalista de los IX Premios Literarios Constantí, España