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Mujeres centenarias, más que un número

Los censos no sólo nos cuentan y cierran su trabajo con cifras millonarias de seres humanos. Además de eso, los censos, en Argentina, han sido claros estudios sociológicos sobre lo que somos, narrando historias de vida al mejor modo de una novela francesa. Fue el caso del censo de 1914, que se concentró en la cantidad de personas mayores de 100 años y, también, en la historia de sus vidas.

Por Juan Cruz Tavorda Varela

Para 1914, en Argentina, había un centenario o centenaria cada 5.500 habitantes. Junto a la cuenta matemática, el propio documento oficial publicó algunas historias de vida.

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Por ejemplo, la historia de vida de Candelaria Rodríguez de Morteo, nacida en Tenerife. Al momento del censo, Candelaria tenía 109 años de edad, “debidamente comprobados”, enfatiza el documento oficial del censo.
Candelaria Rodríguez, la mujer de 109 años,se casó a los 20 años en Gualeguaychú y tuvo 10 o 12 hijos, no recuerda bien. Lo que sí sabe es casi ninguno heredó su genética: de los 10 o 12 retoños, apenas uno la sobrevivía en aquel 1914. El único vivo era el menor, que por entonces tenía 65 años. Candelaria lo parió a sus 44. Recordó, Candelaria, sus viajes a la Boca para visitar a sus amigas: apenas tres casas de pensión en la hoy gran barriada. También hizo mención de su trabajo de limpiar y planchar y la crianza de su decena de hijos e hijas. Pese al poco tiempo de descanso, apenas se enfermó una vez, con una ligera bronquitis. 109 años y apenas una ligera bronquitis.

A sus 109 Candelaria estaba ciega, no tenía dientes, poco era lo que se movía y sus alimentos eran muy frugales en el asilo de mendigos donde vivía. Era poco lo que esperaba ya de la vida. No obstante una sola cosa pedía Candelaria, ciega, a sus 109 años. Una sola cosa: carne y vino. Había nacido en Tenerife, pero era más argentina que el Diego.

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Otra de las historias narradas en el documento oficial del censo es la Martina Díaz Boado de Peña. Argentina que dijo haber nacido en 1806, pero que no recordaba dónde. Tuvo 4 hijos, de los que le quedada apenas uno: la tristeza de ser centenario: tus hijos se mueren de viejitos antes que vos.
Otra centenaria era María Camaño, que tenía 101 años. Casada a los 13 años, nunca tuvo hijos; evitó la alegría, pero también la tristeza. María contó de cuando iba a misa a la Catedral de Buenos Aires, que por entonces era un rancho con techo de paja. Esta anciana, dice el censo, trabajó siempre de lavandera y de cocinera. Fue siempre sana. Su alimentación fue abundante, sin haber nunca experimentado desarreglos. Tomó, asegura el censo oficial elaborado por el Estado argentino, siempre vino carlón. “La encontramos -dice el documento- lavando ropa. Se hallaba bien y con los órganos en buen estado”. La centenaria María contó que el secreto de su longevidad consistía en lo siguiente: mucha sobriedad, ninguna inquietud y sentidos y espíritu en calma.
María, como Martina, trabajaba a sus más de 100 años. Si algo hicieron en su vida las mujeres argentinas fue trabajar.

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El propio censo cita al filósofo Max Weber en torno a lo que hay que hacer para vivir tanto: “Es necesario conservar todos los órganos en estado de vigor. Es indispensable conocer y combatir todas las enfermedades más morbosas, ya sean hereditarias o adquiridas durante la vida. Se requiere moderación en la alimentación y en la bebida, así como en el cumplimiento de otras funciones. Aire puro. Ligera gimnasia cotidiana. Dormir de 6 a 7 horas. Baño cotidiano con fricción. Hay que combatir las pasiones y las sensaciones angustiosas”, aconsejaba Weber.

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Son decenas las historias de mujeres argentinas centenarias. Una de las tantas es la de Trinidad Ortiz de Zárate. Trinidad era una argentina nacida en Buenos Aires que tuvo 13 hermanos (7 varones y 7 mujeres). Para 1914 estaban todos muertos. La única sobreviviente de aquella familia múltiple era Trinidad. Que contó que entre sus hermanos se distinguieron un coronel y otro que era general. Que peleaban en el Ejército contra los indios. Que al primero lo mataron de un balazo en el vientre y que al general, lo mandó a fusilar Juan Manuel de Rosas, porque, en un paraje público, el hermano de Trinidad, golpeando una fotografía de Rosas, dijo:
_ ¡Aquí está Napoleón!

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Fue denunciado y en breve término, fusilado.

No recuerda Trinidad donde la bautizaron. Si que se casó a los 19 años, aunque dice que ella no quería casarse, pues deseaba ser monja. No porque fuera fea. Todo lo contrario: dice que era muy linda, con la cara siempre coloradita. Todo el mundo le decía que se pintaba, aunque Trinidad, cuenta a sus 100, ignoraba para qué podía servir la pintura para la cara.
Enviudó muy joven y parece que al marido le robaron y lo asesinaron. No tuvo hijos, dice ella, sino malos sucesos. Conserva sus facultades mentales bastante bien, señala el documento, aunque hay momentos que se olvida de lo que está hablando. Es muy culta. Recita de memoria, con facilidad y con voz vibrante, unos versos compuestos por ella y dedicados a la virgen y a Jesús, que logramos copiar después de varias repeticiones. Con mucha espiritualidad nos dijo “que el hecho de pedir el bis, indicaba que eran apreciados los versos”.

Helos aquí:

A la Virgen:

Virgen, que en trono de estrellas / Te sientas junto al Señor / Con misericordia oye nuestras querellas / Y pídele a Dios nos acuerde su favor / Venid, madre querida / Venid, madre animosa / A consolar a Trinidad en sus penas / Vos que sois madre misericordiosa / En mi alma resuena todavía / Mi juventud primera.

Recuerda, Trinidad, con más de 100 años, con mucho cariño, a su madre. Que falleció cuando ella tenía apenas quince años: toda una vida sin su madre. Su madre, la que ante de morir, le dijo a su niña Trinidad: “Hijita de mi corazón: esto que tenga que morirme y dejarte, me es espantoso”.