norte-argentino-01

No hace falta llevar colores

ESCAPADA DE JULIO//NORTE ARGENTINO

Salta ciudad y Purmamarca (Jujuy), distantes a menos de 3 horas en auto, se pueden confabular para cerrar la escapada perfecta para julio. Y si vas por la cornisa, mucho mejor.

Por JCTV
Fotos: María Soledad Ceballos

El cerro San Bernardo con su telesférico y la noche salteña cuando todo se enciende. El gran parque desde donde observa el hijo pródigo Martín Miguel y su pose de guerrero mientras todos se relajan a su pie. La calma del barrio Tres Cerritos y las guitarras que no duermen en la calle Balcarce: peñas, empanadas y vino. El amarillo oro que baña a la basílica y convento San Francisco y el espíritu colonial que se mantiene desde la fundación de la ciudad como enclave español. La ciudad rodeada de montañas en donde la idea de Valle de Lerma no se discute: esto sí que es un valle.

Salta se ha conformado, hace años, en la gran ciudad de Norte que supo conservar la riqueza del pasado originario y el colonial y logró combinarlo con lo que se necesita para receptar a turistas de todo el mundo. De tal modo conviven alrededor de la plaza central (9 de Julio, no San Martín) el viejo Cabildo Histórico -que conserva propiedades similiares al de Córdoba- y el Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM): dos pasados distantes entre sí exhibidos en formato actual.

El MAAM es una clara prueba de esto: el producto del fuerte trabajo científico de arqueólogos de distintas nacionalidades se concentra en este espacio de arquitectura centenaria donde conviven El Niño, La Niña del Rayo y la Doncella, los tres encontrados en las investigaciones de 1999 en la cima del volcán Llullaillaco. Exhibidos de a uno y en forma rotativa, aquella vieja idea de las momias egipcias cambia para reconocer en América latina ritos ancestrales semejantes a los de las primeras civilizaciones mundiales, con asesinatos que se vestían de ofrendas a dioses.

Junto a los tres niños/momias están sus ajuares, el testimonio de su hallazgo y una vasta cantidad de objetos de nuestro pasado originario. La síntesis del universo Inca se concentra al frente de la plaza principal de la ciudad, desde la cual se puede ir caminando al Mercado San Miguel en busca de los olores y sabores de la Salta profunda. La sagrada hoja de coca, que casi todo lo cura, se vende a granel, como el dulce de cayote o las paltas, que en el calor norteño crecen de a montones. Mangos y maracuyás nos hacen creer por un momento que estamos en el Trópico. Quizá sea cierto, pero el charqui lo desmiente. Ahí y en cualquier lado, empanadas. Empanadas. Y empanadas. Y a diferencia de lo que nos pasa aquí cerca, allá la docena promedia unos $200.

POR LA CORNISA

Para viajar de Salta a Jujuy -y así buscar la Quebrada de Humahuaca- se puede tomar la ruta principal 34 que conecta las dos ciudades, sin peaje y con un gran tramo de autopista. Serán 124 kilómetros que se hacen en poco más de hora y media. No obstante hay una alternativa más lenta y trabajosa pero que, ya sea para ir o volver, hay que hacerla: por el camino de cornisa, que no es más que la Ruta Nacional 9 N.

El nombre, repetido por todos y estampado en cada cartel, da, cuento menos, miedo. Y si bien hay cornisa y hay precipicios, no es para tanto lo que se juega y sí es para mucho la belleza de la yunga salteña jujeña. Los 94 kilómetros del camino de cornisa se hacen en poco menos de 2 horas y a un promedio de 50 kilómetros por hora. La ruta permitirá entender el Norte de otro modo. En su modo salvaje y maravilloso. La angosta cinta de asfalto por donde pasan con mucho sigilo y cuidado dos autos -a veces pasa uno, pero hay carteles que lo avisan- serpentea las montañas sin alterar el espíritu de selva virgen.

Desde Bolivia a Tucumán se puede encontrar este tipo de bosques húmedos y cálidos protegidos por diferentes normativas. Más de 3 mil especies de plantas, 230 de árboles y 89 de mamíferos -el yaguareté como rey intocable, los ocelotes como lugartenientes y los tapires como comida- más águilas, guacamayos, yacarés y cuanto se busque en esta gran galaxia de la naturaleza. Después de la selva misionera, aquí se alberga la concentración más grande de biodiversidad el país. Conviven, según censos oficiales, unas 570 familias que han comprendido, ancestralmente, cómo debe ser la convivencia con el monte: sólo se toma aquello que se ofrece.

Cebiles, cedros, lapachos, nogales y robles han comprendido también la idea de convivencia. A lo largo de todo el camino de cornisa pueden verse los ejemplares majestuosos de decenas de años que ceden su tronco y su copa para que algunas de las miles de plantas que habitan esta selva de montaña puedan crecer como okupas amables. Las bestias añosas que se dicen árboles no sólo recrean el hogar de las plantas, también lo son del atajacaminos y de la pava de monte, algunas de las cientos de aves que habitan la región.

Hay que ir despacio, no sólo para evitar cualquier inconveniente, sino también para advertir la grandeza de la selva y reflejarse en algunas de las lagunas y lagos que se van abriendo al borde del camino. Muy transitado por ciclistas, el camino de montaña es reconocido a nivel mundial como una de las mejores rutas para practicar el deporte.

POR LA QUEBRADA

Las rutas en el Norte están pensadas para hacer el recorrido del viajero. Eso permite evitar atravesar ciudades o cascos céntricos. Así, de Salta ciudad puede llegarse a la Quebrada de Humahuaca sin mayores dificultades de tránsito. Lo que sí, habrá que reenfocar la vista: si antes el ojo era copado por el verde selva, ahora habrá que entrenarlo para un sinfin de colores entre los cuales sólo crece el cardón: la Quebrada de Humahuaca, Patrimonio de la Humanidad, pierde toda vegetación y gana alturas insondables, tonos inimaginados y la magia del despojo: se puede ser tanto con casi nada.

LA LLAMA QUE SE COME

Así como las ferias artesanales de la Quebrada de Humahuaca reproduce lo seriado y lo único, lo gastronómico va por el mismo camino. Hay milanesas con papas fritas a $250 para dos o lomitos a $130: siempre todo es más barato. Pero también hay, y en abundancia, platos propios de la Puna que respetan los alimentos de la zona. La llama en todas sus formas: empanadas a $20, milanesas a $150, estofado, cazuelas o un bife magro y sano (todos entre $170 y $200). El cabrito encuentra mismas terminaciones y precios. Los tamales y las humitas no superan los $60 y los postres que siempre ganan: queso de cabra con miel de caña, dulce de cayote con nuez o flan de quinoa, todos van de los $60 a los $100.

Territorio coya por herencia, tradición y presente, la Puna jujeña mantiene, pese al avance del turismo internacional y los desarrollos inmobiliarios al salto por dólares y euros, el espíritu milenario que exige calma, silencio y tiempo a la sombra breve de un churqui. Pobre el visitante que llegue tras la búsqueda de pulloveres de llama o adornos para el living a precio bajo: esos objetos adquirirán valor sólo si antes existió la disposición espiritual para mirar el cielo, respirar profundo y reconocerse como una parte mínima de ese ladrillo de adobe que sostiene hace 200 años el techo de cañizo y los travesaños de cardón. Una parte mínima de algo que lo va a trascender siempre. Siempre.

Yala y Volcán son los primeros pueblos que aparecen en ese gran surco abierto entre cerro y cerro. Más adelante aparecerá Maimará y Tilcara -la cumbre del turismo jujeño, el carnaval del sol en su verano ardiente-. Pero el mundo sabe que la joya del lugar está a mitad de camino, con un desvío de apenas dos kilómetros de la ruta principal. Purmamarca, pese a su condición de estrella de la Quebrada, ha logrado ponerle un freno a esa mal mentada idea de progreso. Es cierto que en los últimos 10 años se han incrementado las ofertas de hospedaje y también las gastronómicas, pero ninguna de éstas ha invadido el pequeño casco histórico de adobe puro ni alterado el ritmo coya con que se camina desde tiempos inmemoriales.

Con mucha llegada de turismo extranjero y alternativo (este último, a mitad de camino entre hippie y aventurero), las visitas han comprendido muy bien cuál es el espíritu predominante en la plaza del pueblo, en su iglesia de centurias, en su algarrobo de 700 años, en sus calles angostas y de tierra, en su cerro de 7 colores y en su cielo tan celeste como Alberdi. Nada ni nadie hará cortar el microclima que la población originaria ha construido con sus siglos de paciencia. El fútbol de domingo en la cancha polvorienta del pueblo, la llama como alimento principal y la calma de saber que el apurado puede seguir viaje: aquí no hay lugar para él.

La plaza conserva decenas de puestos en donde el tejido de las lanas de alpaca, vicuña y llama encuentran forma de chales, gorros, guantes o mantas. Los pulloveres que han dejado de ser artesanales para volverse industriales y seriados siguen calentando como ayer. La oferta de objetos camina entre esa producción que iguala todo pero también pequeños destellos artesanales que no se encuentran en ningún otro lado del mundo. Y no es exageración. El trabajo del telar con la materia prima recién esquilada y teñida con vegetación de la zona se mantiene intocable como la sombra fresca del invierno humahuaqueño.

Al tan mentado Cerro de los siete colores, la postal habitual del poblado, es mejor verlo de mañana: el sol le apunta directo y si no hay problemas de visión, quizás se descubren más de 20 tonalidades. A partir de la siesta, el sol pasará del otro lado y las sombras entregarán otra postal, mas es el mismo cerro. ¿Y atrás de él qué hay? Hasta hace poco tiempo vedado al público, la apertura del camino/paseo Los Colorados permite ver el detrás de escena: una postal tras otra en los 3 kilómetros de recorrido que se pueden hacer en auto o a pie sin pagar un peso. Podríamos intentar describir el juego de la erosión, la veta de los minerales y los colores de la pasión conjugados con la geología que todo lo explica. Pero, ¿para qué?

Ya lo canta Drexler

Todo el mundo intentando venderte algo
Intentando comprarte
Queriendo meterte en su melodrama
Su karma, su cama, su salto a la fama
Su breve momento de gloria
Sus dos megas de memoria
Subirte a su nube
Como un precio que sube
Para luego exhibirte
Como un estandarte
No encuentro nada más valioso que darte
Nada más elegante
Que este instante
De silencio
Silencio

Atardecer y vista aérea de la ciudad de Salta, un valle urbano

Purmamarca se presta para ser punto de partida para otros destinos. Tilcara a apenas 25 km, Humahuaca a 70 km, La Quiaca a 225 km o las Salinas Grandes a 66 km pueden convertirse en lugares a descubrir en uno o dos días. No obstante, debe saber aquel que sale de Purmarmarca, que siempre se vuelve. Y que cada vez que se vuelve, no hace falta llevar colores: están ahí esperando desde hace miles de años.