pasaron-rabbit2

¿QUIÉN ENGAÑÓ AL FLACO PIRRI?

Por Iñaki Sarnago
Ilustró Guillermo Martino

Cualquiera que me conoce sabe perfectamente que soy un soñador y un romántico incurable, enamorado de amores imposibles, un perfecto Cyrano de mi mismo que detrás de mí doy letras de ensueño para que yo mismo las destruya por mi propia ingravidez para defenderlas; así me pasó con Scarlett Johansson, Megan Fox, Jennifer Connelly, y hasta con Betty la fea, ellas me buscaron, ellas me echaron. Evidentemente, mi sex apple debería estar con el 50% de descuento, porque viene con fecha de vencimiento inminente. Caramba.

pasaron-rabbit1

Así que para reforzar mi autoestima y darle un poco de picor a mi vida, decidí alejarme de los amores platónicos y transformarme en el “pata e’lana” más sensual y sexual de la historia, un verdadero Giacomo Girolamo Casanova de la era moderna, un play boy (old -casi 6.0 injection-) pobre, pero extremadamente irresistible al comando de mi R19, cual centauro urbano.
Y para comenzar, debía hacer un repaso por mis errores, ya que entrar en la cama de alguna mujer nunca me fué una misión imposible, al contrario, el problema era mantener las sábanas calientes y no estoy hablando de sexo, en eso soy inolvidable y muy creativo. Pero, evidentemente sólo con mi cuerpo no alcanzaba, me había transformado en un bocadillo entre comidas, algo muy poco alentador para mi autoestima que venía en caída libre.
De esta manera, redoblé mi apuesta en mí y decidí seducir a mujeres inalcanzables, parejas de famosos. Confeccioné una lista de candidatas deseadas por la platea masculina, y algunas otras conocidas.
Después de largas horas de búsqueda, nada, ya que por alguna razón ninguna me seducía de tal forma como para tirarles mis redes, hasta que encontré a la mujer perfecta, sensual, llena de curvas, leal (otro desafío por cruzar), con pelo rojo como la sangre, larguísimo, y con un andar felino 100%. Jessica Rabbit, Jessica, la mujer de Roger Rabbit, ese conejo medio pelotudo pero muy simpático y con el plus de comerse semejante bomba. ¿Por qué no? Pensé. Era toda una experiencia nueva entrar en el mundo del cartoon, pasar de mis 3 a 2 dimensiones con todo lo que eso trae aparejado, cambios sustanciales en mi fisonomía, colores planos en mi piel y prendas, sombras definidas por sobre exposiciones, texturas forzadas por computadoras, etc.
El asunto fue la forma de como entraría en la pantalla para ser parte de la historia y llegar a ella. Me acordé de la peli de Woody Allen, “La rosa púrpura del cairo”, donde Mia Farrow interactuaba con el protagonista de la proyección. Así fue que me alquilé el VHS de “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”, lo puse en mi videograbador, lo eché a correr, y salté de cabeza al tele. Teniendo en cuenta que mi televisor es a tubo y de 14 pulgadas, quedé trabado unos minutos porque mi cintura de avispa, ya no era de avispa. Pero pasé, y un mundo nuevo frente a mí; a decir verdad, un verdadero kilombo. Todos gritando como desaforados, persiguiéndose, pegándose palazos, soles que hablaban, lunas que se derretían… Y allá estaba ella, tan enteramente potra, ángel y demonio. ¡Wow! La agarro y la parto, y que Roger se vaya a la merda.
Llegar a Jessica no fue nada fácil, porque entre el Pato Donald, Tom, Jerry, el Oso Yogui, Bugs Bunny y hasta el Ratón Pérez se disputaban el amor de la damicela también, y la lucha era feroz aunque infructuosa porque la tipa era extremadamente fiel al conejo zonzo. Así que no tuve mejor idea que entre toma y toma, tomarla de sorpresa; ok, raptarla, por decirlo de alguna manera.
La esperé tras las cámaras y cuando pasó, le metí un garrotazo en la cabeza (es un dibujo animado, no pasa nada), la llevé a las afueras del set, y cuando despertó, comencé a seducirla con mi maravillosa labia y mi porte atlético, lo cual me dió resultado de inmediato. Nos besamos, nos abrazamos, nos acariciamos, nos desnudamos… Tamadre, tamadre, tamadre, me olvidé que ahora yo también era un dibujo animado, forma de hombre, voz de hombre, pero sin sexo entre las piernas, ella tampoco; para colmo ni un maldito lápiz a mano para dibujarnos uno.
Salí despavorido, salte nuevamente al tele, de ahí a mi cama, me pedí un lomito y una birra, y me puse a dibujar mi propio cartoon, plagado de escenas sexuales, gargantas profundas, y burritos bien equipados como protagonistas.
Hasta que algún estudio compre mi historieta, alquilo un video de la Coca Sarli, que tan buenos recuerdos me trae de mi juventud, en una de esas, tengo suerte y entro en la escena del camión en “Carne”.

Por ahora… Cuantas manos que tengo… Joder.