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Un tango en Buenos Aires

La capital del país no sólo atesora autopistas colapsadas, el obelisco y las oficinas de Dios. Es también el reducto del tango compadrito y de salón, el adaptado a estos tiempos y el que se vende sin rubores a los extranjeros.
De punta a punta de ciudad, un circuito arrabalero nos sumerge en un mundo fascinante: milongas tradicionales y espacios queer, escuelas de canto y clases de baile, comidas con impronta portuaria, vestidos y zapatos de charol para salir al ruedo.
Dale pebete, arrimate, no arrugués…

Texto: Pablo Donadio
Fotos: PD, Natalia Fosatti y Alicia Haje

La mañana gris azota los rostros y los adoquines de San Telmo llevan, irremediablemente, a la nostalgia. Allí donde no ha irrumpido aún el reguetón ni los estruendos del rock, el invierno tardío es el que arremete y hay que hacerse el guapo pa’ no pucherear. ¿Serán las fibras sensibles que supo tocar el género, y a la vez su máscara de dureza, las claves del tango? Cómo no entender esas letras de inmigrantes… cómo no forjar así en los callejones y pasillos del conventillo un discurso que repare la lejanía, la soledad, aunque no se sepa bien de qué, o de quién… Algunos dicen que el tango es tan antiguo como el hambre y un alimento imprescindible para el alma. Otros, que es la mejor expresión de la pasión y del olvido. Así, la maestría del tango para contar historias se refleja en las calles de muchos de los cien barrios porteños, considerados hoy Capital Mundial del Tango. Donde locales y visitantes van en busca del baile, la música y un poco de ese misterio.

Claves para salir al baile

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“Como dice una célebre frase de estos pagos, quizá el gran desafío del tango es tratar de entender al otro en tres minutos”, me cuenta Alicia Haje, amiga, cantante, y claro, tanguera. Según ella, esta danza está cargada de sensualidad, de secretos y pasiones que se hacen presentes tanto en los grandes espectáculos como en las milongas más pequeñas. Sólo hay que animarse a probar su miel, aunque siempre es bueno saber distinguir dónde va a caer uno. Por eso hay que señalar que a un lado están los shows donde se luce el tango de escenario, el de coreografías precisas, grandes vestuarios, maquillaje y producción. Al otro, el que revive en bares, tanguerías y reductos populares, llanos, donde dos se unen sólo por el gusto de improvisar unos pasos. En este último campo hay también de todo, desde milongas rígidas y de salón, hasta encuentro de principiantes que “van a ver qué onda”. Sobre estos escenarios las generaciones se cruzan de manera genial y a las grandes glorias del género le siguen jóvenes cantores que revitalizan la impronta del canto, la vestimenta y las nuevas composiciones. En las milongas más tradicionales siguen vigentes algunos viejos códigos, mientras otros sitios van dando lugar a la espontaneidad, a reglas más flexibles en pos del aprendiz. Como ocurre con las peñas folklóricas, muchos de esos espacios intermedios entrecruzan en una misma pista parejas de taco, gomina y cabeceo con los que llegan en banda con jean, polleritas y sandalias. “Es muy habitual en estas milongas que incluso sean las chicas las que se acerquen y propongan una vuelta. Hoy, la existencia de los espacios queer sigue en crecimiento, con el intercambio de roles que ha ampliado los límites de género propuestos tradicionalmente en el tango”, cuenta Natalia Fossati, bailarina e integrante del Plan Nacional de Promoción del Tango.

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Para aprender, y apasionarse

Hay bares que tienen shows tangueros y se transforman luego en milongas. En la mayoría se ofrecen comidas típicas y clases previas que si bien son superficiales, ayudan a los iniciantes. En el barrio de Almagro, El Boliche de Roberto (Bulnes 331), la Sanata Bar (Sarmiento 3501) y La Catedral (Sarmiento 4006) son un buen punto de partida. El bar Los Laureles (Av. Gral. Iriarte 2290) en Barracas; el Café Homero (José A. Cabrera 4946), Palermo; el Centro Cultural Torcuato Tasso (Defensa 1575) y Bendita y Maldita Milonga (Perú 571) en San Telmo; La Milonga Amapola del Club Atlético Fernández Fierro (Sánchez de Bustamante 764, Abasto); y Zona Tango (Venezuela 2937, Monserrat), ofrecen también la calidez necesaria para acercarse al tango, escuchar buenos músicos y en ocasiones, disfrutar del baile. Un domingo al mes, la movida llega al bar notable El Viejo Buzón (Neuquén 1100, Caballito), donde se invita a compartir tangos con voces jóvenes como la de Haje, y pistas repletas de amigos danzantes. Por su parte, en el club Premier (Campichuelo 472, Parque Centenario), todos los jueves La Garufa de El Amague organiza una “Práctica-Milonga”, que como su nombre lo indica invita a bailar con músicos en vivo, encontrarse con amigos o hacerlos allí mismo. En el bar Yatasto (Av. San Martín 3701, La Paternal), Stella Díaz, cantante y organizadora de las Veladas Estelares, propone viernes por medio aunar delicias gastronómicas rioplatenses con música en vivo y momentos de baile. Entre los espacios queer, donde la diversidad sexual no es un problema, los viernes la invitación es a La Marshall (Riobamba 416, Monserrat) o los martes a Tango Queer (Perú 571, San Telmo).

Tradicionales, y memorables

Dentro del gran mundo del tango hay milongas que transportan a “aquel tiempo” del que tanto hablan las letras. Allí predominan códigos milongueros como el cabeceo, y hasta el modo de sentarse suele estar intacto. Al mejor estilo El baile de Ettore Scola, las “chicas” están solas a un lado de la pista, mientras los “muchachos” se ubican en el sector opuesto. Tres ejemplos claros de esto son Sin Rumbo (Tamborini 6157) y Sunderland (Lugones 3161), ambos en Villa Urquiza. A ellos se suma Club Gricel (La Rioja 1180), en San Cristobal. Dentro de las milongas tradicionales pero no tan rígidas está Cachirulo, en el barrio de Congreso, uno de los lugares más arrabaleros de Buenos Aires. La Baldosa, ubicada en el barrio de Flores (Ramón Falcón 2750), posee características similares. Y si hablamos de tradicionales pero al tiempo de hoy, hay que mencionar El Floreal Milonga (César Díaz 2453, La Paternal), que incluye distintas edades para el canto y la danza. Otras son La Milonga del Morán (Pedro Morán 2446, Agronomía), La Parakultural Canning (Av. Scalabrini Ortiz 1331) y La Milonguita (Armenia 1353), ambas en Palermo.

Claro que si hay postas ineludibles para la pasada que incluya los paisajes y souvenirs del turismo, uno debe arrimarse al barrio de La Boca y su famoso “Caminito”. Es cierto: sus bares y cantinas, tanto como muestras de pintura y milongas, están excesivamente montadas para los extranjeros, pero las casitas de colores y cierto aire portuario siguen presentes allí con gran vivacidad. Hay que recordar que el barrio de La Boca fue uno de los primeros donde se originó el baile junto a los burdeles del puerto, y hoy todavía algunos exponentes de esa vieja guardia siguen prestigiando sus calles. También existe en el barrio, desde que el tango fue declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2009, un espacio creado especialmente en la Ciudad: el Teatro de la Ribera. Allí se cuenta con programación dedicada exclusivamente a la música porteña y cita a milongas, shows, clases y exposiciones. Otro caso emblemático e inmortalizado en el tango “Sur” es la esquina de San Juan y Boedo. Su local, recuperado del olvido, fue construido justo en la esquina y se convirtió en el símbolo de la cultura urbana desde 1930, pues en sus mesas no faltaron músicos que hicieron del tango la expresión artística más representativa de la ciudad, como el mismísimo Homero Manzi.

En Congreso, sobre la Avenida Rivadavia al 2100, el Café de los Angelitos es otro los lugares donde el tango sopló varias veces las velitas con apellidos como Gardel, Razzano o Parravicini. Y en el Viejo Almacén (construido en 1780 en Balcarce e Independencia, San Telmo), siguen sirviendo allí los viejos cortados de entonces, y reviviendo la huella del inolvidable Edmundo Rivero, el “Polaco” Goyeneche, Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese y Horacio Salgán, entre otros. A dos cuadras del Obelisco, Tango Porteño brinda comidas y shows en el salón del antiguo cine-teatro Metro, propiedad de la compañía Metro Goldwyng Meyer, mientras en la calle Jean Jaures 735, en el barrio del Abasto, el Museo Casa Carlos Gardel ofrece clases y conciertos en la casa que el cantante compró a su madre en 1927. Hay que pasar por allí, ya que la construcción está cuidadosamente ambientada con reliquias, antiguos discos, tapas de diarios y revistas de época con la sonrisa del Zorzal Criollo. ¿Qué tal?

Ya está por amanecer y salgo del Club Premier acurrucándome en el sobretodo. Algunas parejas se separan y se miran, acaso por última vez. Al fin de cuentas, pienso, el tango está lleno de despedidas. ¿Se añorará un regreso, el reencuentro? Tal vez. En eso suena el fuelle de Piazzolla, junto a Eladia Blázquez: “Siempre se vuelve a Buenos Aires a buscar, esa manera melancólica de amar…”.