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YO NO SÉ QUÉ HAN HECHO TUS OJOS

La historia de Ada Falcón quizás sea uno de los misterios más difíciles de descifrar para la cultura popular argentina. Estrella nacional del tango y el cine, en pleno apogeo se recluyó en las sierras de Córdoba para nunca más volver. Francisco Canaro, el poeta que la amó y que ella odió.

Ada Falcón nació en 1905, en una estancia de la provincia de Buenos Aires. Apenas tenía 4 y ya conocía su destino: cantar tango. La madre acortó nombres y apellidos (el Falcone de nacimiento era largo) y la presentó en sociedad: ella es mi hija, la joyita argentina. Y la joyita Ada Falcón inició su carrera de cantante con menos de una década –según la monja que la cuidó de viejita, a los 5-. A los 14, la niña Ada ponía la cara en cine. El festín de los caranchos era cine mudo, pero lo que valía era que Falcón comenzaba a perfilarse como la mujer del tango.

En el documental Yo no sé qué me han hecho tus ojos, el gran Anibal Ford le dice a su interlocutor, director de la película: “¿No te gustan las cantantes de tango? ¿No escuchaste a Ada Falcón? Ella era una diva. Una mina que había ganado mucha guita. Tenía una Bugatti, una Mercedes Benz, tenía de todo. Esas minas cantaban la letra, sentían la letra”.
La década del ‘20 y el ‘30 fueron la gloria para el universo tanguero. El género nacido de los parias y por la penuria, había logrado masividad y legitimidad. En ese mundo explotó Ada, junto a Olinda Bozán, Tita Merello y Azucena Maizani. Pero lo de Ada era fulminante, un rayoluz: a los 19 ya cantaba con la orquesta de Fresedo y actuaba en revistas y sainetes, su madre siempre presente.
La fama trae el dinero y el dinero un mundo nuevo de ilusión y fantasía. Ada, que era mujer en un país que hace 100 años era de machos y lo sigue siendo, se subía a alguno de sus autos importados, pelo mojado después de baños de inmersión, y pisaba el acelerador para que su cabello se secara al viento raudo, transitando por los bosques de Palermo como si no le debiera nada a nadie. Ada, que era mujer, fumaba en público y le importaba todo un carajo. Era, sin más, una diva al estilo jolybud.

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Grabó infinidad de discos, primero con la Víctor, después para Odeón. Actuó en tres películas, fue tapa de todas las revistas de la época e inspiró el tango vals más bello que Francisco Canaro, el gran letrista, compuso en su vida de poeta: Yo no sé qué me han hecho tus ojos. Canaro lo escribió enamorado. De Ada. Pese a estar casado. Ada se enamoró de Canaro. Pero nada fue fácil.
Sergio Wolf, el periodista que realizó el documental, dijo que lo hizo porque la historia de Ada lo atrapó por una simple razón: “Ir al revés de lo que dice la época”. Ada, que tenía todo, incluso un amor prohibido, un día dispuso no tener nada. Por obra y gracia divina. O por el odio que genera el desamor.

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Inician los ’40 y Ada, fama, dinero y ojos verdes, no quiere cantar más. Regala todos sus bienes a los pobres, se desprende de su mansión palermitana y llega a una lejana y desconocida Salsipuedes. La elección no debe haber sido en vano: Ada no quería salir nunca más de allí. Compró una casona alejada del pequeño centro. En medio del monte y cerca del arroyo. Dos pisos, dos dormitorios –uno para mamá- y una terraza que mira de frente a las Sierras Chicas. ¿Habrá cantado allí? Difícil. Ada resolvió dejar todo. Y eso incluía la canción. Y comenzó a recorrer un mito sobre su presente exiliado del éxito porteño: Ada ha tomado los hábitos. Y las revistas que antes la ponían en tapa mostrando tobillos y pescuezo, ahora decían: puta a los 20, monja a los 40.
Dicen en Salsipuedes que llegó buscando internarse en un convento. Que no la aceptaron. Que pese al rechazo, su vida fue la de un monasterio. Siempre oscura la ropa, con mamá al lado, también de trapos negros. Y que cada vez que se paraba en una esquina, cantaba tan solo su odio a Canaro. Que los fuegos del infierno le hagan pagar todo lo que ha hecho.
Ada, que calzaba ojos verdes y un cabello que todos ansiaban tener entre sus manos cuando transitaba por Palermo, ahora en Salsipuedes, se los tapa. Por eso: porque era lo que los hombres más le habían admirado. Y ella ya no quería eso. Cruzaba las calles sin mirar: Dios me protege y no me va a pasar nada. Algún vecino de las sierras, enterado de quién era, la invitó a conversar en un café. Pero ella se negó: entre mis promesas, prometí a Dios que nunca más me sentaría con un hombre en un lugar público. Y cumplió.

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Ada se hizo terciaria franciscana y vivió como la tradición fraciscana lo indica. Al morir su madre, vendió su casa de dos pisos y se fue a una pieza de alquiler en el centro del pueblo. Cuando ya no tuvo ni para comer, se fue a Carlos Paz y vagó por las calles y las plazas buscando aquella que alguna vez fue. Una monja la rescató y los días de Ada fueron, desde entonces, en el hogar de las Hermanas de San Camilo, en Molinari, pasando Cosquín, a donde llegó en abril de 1982.
En 15 años, dicen las monjas en el documental, una sola vez, una persona, la visitó. Ellas sabían quién era esa gloria del tango y de la noche que ahora cuidaban. Pero Ada nunca les cantó. “Yo renuncié a todo por Dios”, les decía. Cuando les hablaba de Canaro, les hablaba del diablo. “Lo que me ha hecho ese malvado”, repetía ella, cáncer en un ojo y los recuerdos que volvían sólo para hacer daño.
Durante 60 años estuvo oculta. Se juró nunca más dar entrevistas ni hablar con la prensa. Era el punto final. Hasta que Sergio Wolf la encontró. Le advirtieron: es imposible que quiera hablar. Era el año 2002. Los 100 de la artista estaban cerca y la vejez había hecho sus daños. Pero Wolf la encontró. Y ella habló y él le mostró viejas fotos y ella dijo no, para qué recordar.

_ Ahí usted tenía 19 años –le dice Wolf-.
_ Era tan bonita. En la fotografía no sale lo que yo era. Muy bonita. Ah, cuando terminaba de cantar, me iba a cualquier iglesia.
_ Usted se acuerda la historia del vals Yo no sé qué me han hecho tus ojos –y le canta muy cerca- Yo no sé qué me han hecho tus ojos…
_ …que al mirarme me matan de amor… (ella sigue y tararea)
_ ¿Es verdad que ese vals se lo compusieron a usted?
_ Ahhhh sí, claro.

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Y vuelve a tararear y cierra: una porquería.

Ven una película de ella con Olinda Bozán. Y se confiesa: “Me hice franciscana con mamá. Y nunca más volví a cantar. Nunca más. Ay, qué recuerdos, qué recuerdos”.

_ ¿Por qué no volvió a cantar?
_ Le prometí a Dios que sería terciaria franciscana para toda la vida.
_ Ada, ¿usted llegó a estar enamorada de Canaro?
_ Noooo, por favor. Por favor. Lo apreciaba. Pero se puso loco. Y le dije: no grabo más con usted. Yo no sé ese hombre. Pobre hombre. Era adoración que tenía ‘el que te dije’ –y se ríe, con sus casi 100-.

Una monja dice saber la verdad. Que Ada, que ya está muerta, se la contó. Que Canaro era casado y que ese “sinvergüenza me engañó una vez y me llevó al departamento y así empezó mi vida con él”. Que fueron 12 años y que huyó a Córdoba. Había visto al Sagrado Corazón de Jesús, que Jesús le hablaba para que cambie de vida. “Por eso se alejó de Canaro, que ella se dio cuenta que era un sinvergüenza que se estaba aprovechando de ella”, dice la monja.

Pobre Canaro, repite Ada, murmurando. Pobre Ada, se dice ella misma.

Hoy, después del amor prohibido en los maravillosos y tangueros años ’30, después de la separación y Salsipuedes y Dios y el odio y otra vez el amor, ambos conviven en la Chacarita, Ada y Francisco. Canaro y Falcón. Quizás, de noche, sin que nadie más escuche, alguno pueda explicarle al otro, tanto tiempo después, que fue lo que le hicieron sus ojos.

_ ¿Cuál fue su gran amor Ada? –le pregunta Wolf-.
_ ¿Mi gran amor? Mi gran amor… (piensa) No recuerdo.