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ZARTÁN… PIRRI

Por Iñaki Sarnago
ilustró Guillermo Martino

Era chico, no se, habría tenido 40 añitos apenas, cuando papi entró a mi cuarto y me dijo: “Preparate Pirri que nos vamos de safari al África. Me lo gané en la rifa del Centro de Jubilados de barrio Las Margaritas; así que decile a mami que te ayude con el valija, y mañana partimos los tres derecho a Nairobi”.

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“¡Grande, Pá!” -le dije, totalmente emocionado-.
Fuimos de Córdoba a Ezeiza en el Renault Dauphine ´64 de papá, 18 horas de viaje sin escalas (a papi no le gustaba hacer paradas que nos demoraran), cuando llegamos dejamos el auto en el estacionamiento del aeropuerto, y corrimos… al baño, casi perdemos el vuelo porque no podíamos parar de hacer pis; nos esperaron, check in, abordaje al boing 747 de Panam, carreteo y ya estábamos a 11.000 metros del piso. Antes cruzar los límites de nuestra plataforma marina, papi ya se había tomado unas 12 botellitas de whisky, y mami 3 blister de Lexotanil. Cruzamos el Atlántico con los dos desnucados y babeantes, mientras yo jugaba con las azafatas al doctor; estas chicas están realmente muy preparadas para hacer amenos estos viajes tan largos a los niños.
A la altura de Nairobi, creo, el avión comenzó a moverse de forma rara y a descender. Pensé que estábamos por aterrizar, pero no, papi y mami me agarraron del brazo, y con la ayuda de la tripulación me subieron a uno de esos botes autoinflables con paracaídas de salvataje, abrieron la escotilla de la nave, y mientras me empujaba al vacío, papi me dijo: “Salvate vos, hijo. Es el único paracaídas que hay. Te amamos”.
Y allá fuí sin entender bien porqué mis papis en lugar de despedirse entre llantos, tenían como una sonrisa liberadora en sus rostros. “Pá, má, los extrañaré”, les grite en caída programada a sabiendas que estaban dando su vida por la mía.
Aterricé en mitad de la selva, solo y lleno de temor, miré al cielo y ví como el avión en el que veníamos hizo un giro de 360 grado y pudo tomar altura de nuevo. Quizá el comandante de a bordo prefirió estrellarse en el desierto para no destruir el ecosistema tropical. Qué considerado.
Minutos después de tocar tierra firme y apenas recuperado del shock emocinal me lancé a explorar mi nuevo hábitat hasta que pudiera alguien rescatarme; tome la mochila de supervivencia que había en el bote, saqué un machete y empecé a abrirme paso entre el yuyerió. A poco más de 4 horas la noche fué ganando el paisaje, subí a un árbol gigante y armé en su copa mi tiendita de campaña. Los nuevos ruidos y la angustia me mantenían despierto, hasta que extenuado, me dormí.
El trinar de las aves, el aire fresco y renovador, el bramido suave de las hojas y la caricia que sentía entre las piernas, me indicaban el nacimiento del día… ¿La caricia? Ups. Abrí mis ojitos y una chimpancé me tocaba mientras me miraba con mucha ternura. A la merda, que pánico, no sea cosa que confunda mis cositas con frutillas y se las coma de postre. Aunque no parecía muy salvaje y aparte tenía muy buena mano. Dejé que terminara (no daba para interrumpirla) y le dije respirando un tanto agitado: “Hola, soy el Flaco Pirri. ¿Vos?”. Ah, que tarado soy, es un mono, los monos no hablan.
Sacó un papel y una birome de entre los pelos, y escribió con una perfecta caligrafía: “Soy Chota, tataratataratatara nieta de Chita (una estrella primate de la época dorada de Hollywood). No puedo hablar pero aprendí a escribir y entiendo 4 idiomas sin problemas, aparte de los chillidos insoportables que normalmente hacemos los simios.”
Y así fuimos comunicándonos. Me presentó algunos amigos muy copados, un elefante, un par de cebras, un cocodrilo, en fin, un barrón; Chota era muy popular y la única traductora oficial de la selva. Poco a poco comencé a entender las formas de comunicarse de las distintas especies, aprendí a transportarme con lianas de árbol a árbol, se nadar bien, desarrollé un físico muy atlético y empecé a usar tapa rabo para exhibirme en mi plenitud, y tenía el machete, cosa que me ayudó bastante para que me proclamaran rey de la selva (después de destronar al león de un machetazo).
Mi primer decreto fué proclamar la poligamia para el rey, a Chota no le gustó ni un poco, pero ella seguiría siendo la primera dama en los actos oficiales. Segundo, las marchas en mi contra, sobre todo de las panteras, bastante quilomberas por cierto, eran anti constitucionales y debían ser reprimidas sin piedad por la guardia infantería compuesta por cocodrilos en su mayoría; los pájaros no debían empezar a cantar hasta las 11 de la mañana para no perturbar mi sueño real; en todos los cumpleaños de la selva, el único autorizado a apagar las velitas y pedir los deseos debía ser yo, caso contrario se confiscarían las tortas; en fin, estas eran algunas de las medidas impuestas a los súbditos de mi reino, más otras que se me iban ocurriendo en el camino.
Un buen día, mi central de inteligencia (compuesta por perezosos -como siempre estaban dormidos y colgados de los árboles, nadie sospechaba de ellos) detectó una expedición en mi selva. Fuí a investigar y me encontré que entre el grupo de expedicionarios había una mujer, medio veterana, teñida de rubia, con las carnes un poco flojas, pero mujer al fin. Chota, en verano y con la pelambrera que tenía, largaba un olorazo, y el resto del harem, igual. Así que mandé mis agentes (elefantes ninja) a que la raptaran y la trajeran a mis aposentos. Una vez frente a mí, le dije: “Soy Zartán, ex Flaco Pirri, rey de todo este ecosistema, y vos, mujer, sereis mi esclava sexual, asi que desde ahora te llamaré la Yolanda, cortesana real. Y si no te gusta, le pido a los mosquitos que te fusilen.”
La mujercita me miro, vió el entorno, y agarró viaje al toque. “Vení, papurro te vua’enseñar lo que es una esclavitud sexual -me dijo-.” E inmediatamente sacó de la cartera látigos, esposas, piolas con bolitas, cachiporras, vendas para los ojos, fustitas, etc.
Que lo parió, venía más preparada que Usain Bolt para los 100 metros. Al más puro estilo Grey, me agarró a cintazos, me mordía, me cacheteaba las nalgas sin piedad, me hacía cosquillas en los sobacos con una fresadora… Y encima, se reía con total impunidad.
Con el tiempo ella fué tomando posesión de todo, me tenía a un metro del piso, y me salía una fortuna en beauty en el spa de las jirafas.
Una noche mientras hacíamos cucharita con Chota, le pregunté que corno podía hacer con la bruja de la Yolanda. Me miró por sobre el hombro, sacó su papel y su birome, y me escribió: “La desterremos. Por 5 melones bajas calorías, tres amigos de la barra brava del Sportivo Hipopotamus Anoréxicos Futbol Club de la Sabana, la limpian de la faz de la selva y la mandan a la Siberia de una”.
Me pareció bastante buena la idea, en el tesoro nacional teníamos melones a lo pavote, y veníamos al día con el FMI (Fondo Melones Interselvas).
Todo programado, la esperaron a la salida del super, le pegaron un cocazo en la cabeza y se la llevaron en la más absoluta reserva para que nunca más supiéramos de ella. Liberados de la Yolanda, la vida era otra, mi reino volvió a ser mi reino. Chota me dijo que me dejara de joder con el harem porque ella se había quedado con la cartera de la Yoli y con todos sus juguetes sadomasoquistas para usarlos conmigo. Le dí bola, siempre estuvo incondicional a mi lado, aparte de ser una amante increíble.
Chuzmeando la cartera, encontré una foto de mis papis veraneando con ella (la Yolanda) en playas del río Suquía a la altura de la isla de los Patos. Pedí a mi guardia real trajeran un pelo de la desaparecida para hacerle el ADN correspondiente. Tamadre, los resultaron fueron nefastos para mí… Cotejado con mi propio ADN, dió que la Yolanda era mi hermana adoptada. Mi equipo de búfalos científico son extraordinarios. Después que pá y má se deshicieron de mí, adoptaron a esta cuarentona del demonio que ocupó mi cuarto al que seguramente lo pintaron de rosa.
Los chicos del Sportivo Hipopotamus Anoréxicos Futbol Club de la Sabana, fueron a hacerle el mismo trabajito a mis viejos, que se banquen los tres entre ellos. La única macana es que me cobraron una fortuna y ahora estoy preocupado por ver como refinanciar la deuda con el FMI para no entrar en default.

Es inútil, no se puede vivir tranquilo ni siendo rey. Tendré que poner en funcionamiento la maquinita de hacer melones… La inflación nos va a llevar a cococho. Joder.